Radioterapia y Listas de Espera… Quid est solutio?

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La realidad de la radioterapia en España dista, con excepciones, de ser tan bonancible como muchos de sus responsables políticos quieren hacer ver. La existencia de listas de espera para la radioterapia es un problema desgraciadamente real. Muchas veces latentes, enmascaradas en la maraña de acontecimientos que rodean al paciente con cáncer, disimuladas tras el resto de pruebas y tratamientos, su existencia en muchas zonas de España es tristemente real. Y pese a no ser un asunto que cope habitualmente las primeras líneas en lo referente al cáncer y su manejo, en ocasiones, como este pasado verano, irrumpe con fuerza sorprendiendo, aparentemente, a muchos de sus verdaderos responsables. La denuncia efectuada por Virginia Ruíz en su blog  un rayo de esperanza acerca de la situación casi desesperada del Servicio de Oncología Radioterápica del Hospital Universitario de Burgos provocó una catarata de reacciones, a favor y en contra, destacando la airada respuesta de la gerencia del HUBU, con amenazas más o menos encubiertas de expediente que, afortunadamente, no se concretaron. Sin embargo, no lograron ocultar la realidad de un problema que amenaza a, conviene tenerlo presente, una de las principales y más efectivas (la segunda, tras la cirugía) armas contra el cáncer. Por otro lado, las constantes averías en los aceleradores lineales que han sufrido este verano los pacientes con cáncer de Aragón no han hecho sino trabar y enlentecer los tratamientos con la consiguiente deterioro en la calidad de vida de los pacientes

¿Quién o quiénes son los responsables de haber llegado a esta situación?, ¿existe un único responsable o es, más bien, consecuencia de la acumulación (¡tan hispana!) de improvisaciones mantenidas en el tiempo? Más probablemente, esto último… 

A nadie se le escapa la enorme responsabilidad de la Administración en este problema, ni nadie duda de que es la principal causante del deterioro que sufrimos. Esta Administración que padecemos y, lo que es peor, llevamos décadas padeciendo, es la primera encargada de la Sanidad Pública pero da la impresión de estar atenazada por lacras que no parecen tener arreglo: la atomización y dispersión de recursos en un sistema de 17 paisitos, con 17 Consejerías y sus laberínticas y fosilizadas organizaciones, que dificultan enormemente la resolución de cualquier problema; la abundancia de servicios y unidades infradotadas, tanto de equipamiento tecnológico como, más importante, de personal; la obsolescencia de los equipos y su falta de renovación, lo que merma su capacidad repercutiendo directamente en la atención de los pacientes; el  desconocimiento de las necesidades reales de recursos y dotación para dar resolución a la demanda presente y, por ende, mucho menos a la futura a corto plazo; la desesperante lentitud de respuesta de los gestores públicos, envueltos por la monstruosidad burocrática característica de nuestro país, que impide una y otra vez actuar de manera racional y sensata ante las necesidades… Y la solución no puede pasar exclusivamente por altruistas donaciones para paliar nuestras carencias.

Pero también es necesario, una vez más, ejercer la autocrítica. Reconocer en qué estamos fallando, qué podríamos estar haciendo – además de exigirle a las administraciones que cumplan con su cometido – para, si no arreglar, si contribuir a la solución. Porque hay cosas que los Oncólogos podemos hacer…

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Apostar decididamente por la recentralización de servicios y recursos humanos y tecnológicos es una de ellas. Así, por ejemplo, España es de los pocos países occidentales que carece de un solo CENTRO ONCOLÓGICO MONOGRÁFICO dedicado a la atención, investigación y avance frente al cáncer. Hospitales oncológicos del prestigio del IPO portugués, del Royal Marsden o el Christie Hospital británicos, del Gustave Roussy francés o del NKI holandés, por citar sólo unos pocos, son objeto de envidia y deseo por muchos oncólogos españoles. Centros donde no sólo se concentran el saber y la pericia de muchos profesionales de distintas ramas dirigidos a una lucha común contra el cáncer, sino que también permiten reunir y optimizar los recursos tecnológicos, aumentar la disponibilidad de unidades de tratamiento y minimizar problemas como averías o revisiones en radioterapia. Y, como la evidencia se encarga de recordar, los resultados oncológicos están en directa relación con la experiencia acumulada en el tratamiento. Y sin embargo, en España se prefiere la atomización de los recursos, los centros con una o dos unidades, habitualmente sobreexplotados y expuestos permanentemente a que cualquier acontecimiento puntual de al traste con la planificación y genere problemas como los acontecidos este verano. Y no contentos con ello, seguimos apostando por la dispersión, reclamando sin cesar el establecimiento de unidades de radioterapia en cualquier isla o capital de provincia antes que pensar en como centralizar atención y tratamientos y racionalizar gastos y recursos. Y es que la solución no puede pasar nunca por dividir sino, más bien, por unir. Algo que quizá sea una utopía en un país donde muchos dirigentes prefieren ser antes cabeza de ratón que cola de león. Y quizás ahí radique uno de los problemas… Es cierto que la centralización de la atención oncológica plantearía otros problemas, logísticos y de desplazamiento, pero sin duda más sencillos de solucionar (y, probablemente, más baratos) que la proliferación de listas de espera y de interrupciones no programadas de tratamiento por averías y revisiones que alargan innecesariamente la duración de los tratamientos, con el consiguiente impacto en pacientes y profesionales.

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Aún más, los avances en el conocimiento de la radiobiologia y de la respuesta de los tumores a la irradiación, junto con el enorme desarrollado tecnológico que facilita una extraordinaria precisión y fiabilidad en la administración de los tratamientos, permiten optimizar la Radioterapia hasta extremos impensables hace años. Una apuesta decidida por el HIPOFRACCIONAMIENTO como estándar de tratamiento es imprescindible. A día de hoy la evidencia ya existente, y la que continuamente vamos conociendo, permite que la duración total de los tratamientos se pueda reducir de manera segura a la mitad manteniendo, cuando no mejorando, su eficacia. Algo tan sencillo como apostar por esquemas de tratamiento acelerados para la radioterapia del cáncer de mama (pasando de 6 a 3 semanas), de próstata (pasando de 8-9 a 4-5 semanas) y en los tratamientos paliativos (pasando de 2 semanas a 1-3 sesiones), permite reducir la duración del tratamiento a la mitad en un conjunto de enfermedades que representan cerca del 50% de la carga asistencial diaria de cualquier Servicio de Oncología Radioterápica. Una reducción a la mitad de la duración de los tratamientos más frecuentes facilitaría tanto aumentar el número de pacientes que pueden ser tratados en el mismo espacio de tiempo, como una disminución de la sobrecarga en las unidades de tratamiento que contribuya a agilizar su respuesta ante imprevistos y, posiblemente, prolongar su vida útil. Aún más, una reducción significativa en la duración de los tratamientos supondrá también una disminución notable en los gastos derivados del traslado de pacientes y familiares durante los mismos. Quizás debiéramos aprender lo que es ya una realidad en otros países de nuestro entorno, que hubieron de enfrentarse hace décadas a problemas como los que ahora nos atenazan, y que nos permitirían aliviar la situación actual. Quizás ya es hora de renunciar al “siempre se ha hecho así…”

Medidas como éstas no serán la solución única y definitiva, pero sin duda ayudarían a corregir la situación actual y sólo hay que tener la voluntad de llevarlas adelante. Mientras no seamos capaces de afrontar (estos y otros) cambios necesarios continuaremos reclamando tan solo a la Administración  y fiando la solución exclusivamente a donaciones altruistas…

“Es preciso saber lo que se quiere. Hay que tener el valor de decirlo y, cuando se dice, es menester tener el coraje de hacerlo”

Georges Clemenceau, médico y estadista francés (1841-1929)

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3 pensamientos en “Radioterapia y Listas de Espera… Quid est solutio?

  1. En la mayor parte de los casos las decisiones sobre infraestructura sanitaria son adoptadas por políticos, y es difícil explicar a los votantes de la zona X que no les ponen acelerador lineal y que el siguiente que se adquiera se instalará en “Y”, donde ya hay otros 3, y tendrán que seguir yendo allí para su tratamiento. ¡¡Todas las inversiones van a “Y”, a nosotros nos tienen abandonados!!

    De todas formas, aunque estoy bastante de acuerdo con usted, en el caso de la radioterapia en la que el paciente debe acudir cada día a tratamiento durante varias semanas (incluso con hipofraccionamiento), extender a todo el país el modelo que propone obligaría a muchos enfermos a hacer 300 km diarios o más en ambulancia colectiva durante varias semanas, lo que no parece muy humano ni muy saludable. La dispersión de la población es también un factor a tener en cuenta.

    Me pregunto si eso de los “centros satélite” podría ser una solución. Con unidades de tratamiento en distintas ciudades pero gestión centralizada y compartiendo protocolos, bases de datos y quizá incluso parte del personal. Centralizando primeras consultas, estudios diagnósticos, comité de tumores, cirugía…y descentralizando tratamientos diarios. Suena bien en teoría pero requeriría una coordinación exquisita, y en la práctica se me antoja muy muy complicado (por lo menos en la sanidad pública).

  2. me interesa mucho tu artículo. imagino que habrás sopesado los pros y los contras de la centralización de los servicios frente a la atomización de los mismos. me refiero a los trastornos que suponen los cambios de domicilio, el alejamiento de los seres queridos, el costo de desplazarse a otra capital …
    gracias por compartir tus ideas.

    • Muchas gracias.
      Agrupar recursos puede acarrear otros problemas, sobre todo logísticos y de desplazamientos. Por ello, es necesario además apostar por esquemas de tratamiento acortados que minimicen estos inconvenientes. Actualmente, 3 semanas se puede considerar un estándar en la radioterapia de la mama, frente a las 6,5 semanas habituales hace no mucho, y en poco tiempo incluso podrá reducirse su duración a apenas 5 días. Y lo mismo puede decirse de la radioterapia del cáncer de próstata y de otros tumores. Los avances tecnológicos y el conocimiento radiobiológico permiten reducir notablemente la duración de los tratamientos y, por ende, de los desplazamientos. Pero al igual que no existen todas las especialidades médicas en todos los hospitales de todas las capitales (trasplantes, neurocirugía, cirugía cardiaca, oncología pediátrica, etc), lo mismo debiera suceder copn una especialidad tan dependiente de los recursos tecnológicos y tan estrechamente ligados sus resultados con la experiencia y casuística acumulada del centro de tratamiento. Patologías sumamente complejas, y algunos cánceres lo son, por su escasa frecuencia debieran ser tratados en centros con la mayor experiencia, Y eso sólo es posible conseguirlo agrupando recursos.
      Por otra parte, la investigación del cáncer, especialmente la investigación traslacional, tiene más posibilidades de desarrollarse adecuadamente en centros con gran número de pacientes y recursos.
      Y lo mismo puede decirse de la docencia de Oncología.
      Aún con todo, una solución intermedia pasaría por grandes centros con centros satélite dependientes, una posibilidad poco explorada en nuestro país.

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