¿Existió la radioterapia en la antigüedad? El mito de Inanna

La radioterapia es, tras la cirugía, el arma más eficaz en la lucha contra el cáncer. La radioterapia se basa en el empleo controlado de la radiación ionizante con el objetivo final de eliminar las células neoplásicas del organismo preservando la integridad general del mismo. La moderna radioterapia, y en un sentido más amplio, la Oncología Radioterápica, tienen su punto de origen en los descubrimientos de Henri Becquerel, Pierre y Marie Curie por un lado, quienes describieron la radiactividad natural e identificaron el Radio y el Polonio dando nombre a los rayos Gamma y, por otra parte, en las investigaciones de Wilhelm Röntgen que lo condujeron finalmente al descubrimiento de los rayos X. Sin embargo, y como bien había comprobado el matrimonio Curie, la radiactividad no fue un fenómeno inventado, sino existe en la naturaleza desde los orígenes del mundo. Elementos radiactivos como el Uranio, Radium, Torio, Radón, Polonio,…, se encuentran en la presentes, en mayor o menor cantidad, en rocas como el granito, la pechblenda, la biotita, el circón o en algunas rocas volcánicas o procedentes de la caída de meteoritos. La comprobación de lo efectos de la radiactividad natural procedente de estas rocas sobre el ser humano, fue hecha de manera casual por el propio Pierre Curie al observar las quemaduras que se producían en su propia piel tras manipular el mineral de pechblenda y las sales de radium aisladas a partir del mismo. Del mismo modo, los efectos observados en sus propias manos por Emil Grubbe al manipular lámparas de vacío para generar rayos X fueron los que despertaron su interés conduciéndolo a realizar las primeras aplicaciones terapéuticas de esta nueva tecnología. Estos dos acontecimientos, cercanos en el tiempo, constituyeron un punto de inflexión en la utilización de la radiactividad con intenciones terapéuticas, y más concretamente, en el tratamiento del cáncer.

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 El cáncer es una enfermedad conocida desde hace milenios y así lo corrobora la abundante evidencia existente. Textos como el Papiro de Edwin Smith (3000-2500 a.C.) describen con detalle el cáncer de mama y su posible tratamiento. Ahora bien, al igual que existe abundante evidencia acerca del empleo de la cirugía para el tratamiento de los tumores en la antigüedad, es bastante más complicado encontrar referencias acerca del posible empleo de una fuente radiactiva con fines terapéuticos. A diferencia de lo que sucede con la cirugía, existe muy poca evidencia acerca del posible empleo de la radiactividad en la antigüedad con intención terapéutica. Sin embargo, algunos escritos de la época sumeria apuntarían en esta dirección.

Los sumerios fueron una de las civilizaciones que se asentó en Mesopotamia entre la confluencia de los dos grandes ríos Tigris y Eúfrates entre los años 3000 a 2000 a.C., antes de ser reemplazado por los babilonios. Los sumerios inventaron los jeroglíficos pictóricos que más tarde se convirtieron en escritura cuneiforme y su lengua, junto con el del Antiguo Egipto, compiten por el crédito de ser lenguaje humano escrito más antiguo que se conoce y, entre los grandes avances que los sumerios nos legaron, está ¡el invento de la cerveza!

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Un gran cuerpo de cientos de miles de textos en el idioma sumerio ha sobrevivido, la gran mayoría de estos en tablillas de arcilla, comprendiendo textos personales, cartas de negocios y transacciones, recibos, listas de léxico, leyes, himnos y plegarias, encantamientos mágicos e incluidos textos científicos de matemáticas, astronomía y medicina. Una tablilla encontrada en Nippur puede ser considerada el primer manual de medicina del mundo.

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Y es en una de estas tablillas donde encontramos lo que podría ser la utilización de la radiactividad para el tratamiento de enfermedades. El poema épico conocido como “El descenso de Inanna al Inframundo”, recogido y traducido por el arqueólogo especializado en la historia sumeria Samuel N. Kramer, así lo sugiere. El relato se conserva en textos escritos primeramente en el original Sumerio, con versiones posteriores en acadio, y cuenta la historia de la diosa Inanna y su descenso al reino de las tinieblas. Inanna, (equivalente a la diosa Ishtar de los acadios) era la diosa del amor, de la guerra y protectora de la ciudad de Uruk. En la mitología sumeria, Inanna decidió bajar al inframundo para enfrentarse a su hermana y deidad opuesta, Ereshkigal. En la lucha Inanna muere, tras lo cual ningún ser en la Tierra tenía deseo de aparearse: ni hombres ni animales. Ante esto Enki, el Señor de la Tierra, crea a unas criaturas sin género que engañan a Ereshkigal consiguiendo que les entregue el cadáver de la diosa. Éstos, de acuerdo al relato sumerio:

“Tomaron el cuerpo sin vida de Inanna que estaba colgando de una estaca. Los emisarios de arcilla dirigieron sobre el cadáver un Pulsador y un Emisor, después rociaron sobre ella el Agua de Vida y pusieron en su boca la Planta de la Vida. Después, Inanna se movió, abrió los ojos; Inanna se levantó de entre los muertos”

Esta parte del relato está representada en un sello cilíndrico en el cual se observa a un paciente, cuyo rostro está cubierto con lo que parece una máscara, que está siendo tratado con radiaciones. El paciente que estaba siendo revivido (no está claro si era hombre o Dios), y que yacía sobre una losa, estaba rodeado por Hombres Pez, representantes de Enki.

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Es llamativa la similitud entre esta imagen y la moderna administración de radioterapia en el tratamiento de tumores.

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¿Es posible pensar que los sumerios conocieran la existencia de minerales con radiactividad natural y los efectos que su manipulación ocasionaban? ¿Y sería descabellado pensar que hubiesen intentado eliminar los crecimientos anormales en el cuerpo, los tumores visibles, mediante la aproximación o aposición de estos minerales sobre las lesiones tumorales? Son tan solo especulaciones de historia-ficción, que, como sucede muchas veces, tienen mucho de ficción pero, quizás, también algo de historia…

De la inoculación de tumores y otras curiosas formas de matar…

La reciente muerte de Hugo Chávez y sus circunstancias, mención aparte de las consideraciones que a cada uno pueda provocarle, ha despertado un interesante debate acerca de la posibilidad de inducir, de manera intencionada, la aparición de un cáncer en un sujeto previamente sano. Cierto es, y todos los oncólogos lo conocemos, que el cáncer tiene un origen multifactorial, y que determinadas sustancias pueden favorecer, en mayor o menor medida, el desarrollo de tumores. Pero, ¿hay alguna posibilidad cierta de inocular un cáncer en un paciente sano? De acuerdo con el Dr. Javier Espinosa, secretario científico de la Sociedad Española de Oncología Médica (SEOM), es “totalmente imposible” inocular un cáncer, lo que descarta la ‘teoría de la conspiración’, expuesta por el vicepresidente venezolano, Nicolás Maduro. Igualmente, y a la vista de la polvareda levantada, la propia SEOM ha emitido un comunicado público en el que afirma categóricamente que “…el cáncer no es una enfermedad transmisible, de persona a persona. Ni es factible que a una persona se le pueda inocular un cáncer, salvo en el hipotético caso del trasplante de órganos enfermos con una neoplasia…”. ¿Seguro? Quizás olvidan la máxima clásica en las Facultades de Medicina de todo el mundo que mantiene que términos como “siempre” o “nunca” son, generalmente, erróneos en Medicina…

Aunque no existe una confirmación pública fehaciente acerca de la enfermedad cancerosa de Hugo Chávez, el curso clínico de la misma, los efectos secundarios visibles de la probable quimioterapia administrada, y la combinación de terapéuticas empleadas en su caso (cirugía, radioterapia, quimioterapia) hacen probable que se tratara de un tumor mesenquimal maligno. Y aquí es donde los argumentos maximalistas de los que claman contra toda posibilidad de inoculación, patinan. Existe al menos un caso descrito en la literatura científica de primer nivel que contradice la afirmación de que, al menos los sarcomas de tejidos blandos, no pueden de ninguna manera ser inoculados a un paciente inmunocompetente. La revista New England Journal of Medicine, una de las publicaciones más prestigiosas en medicina, sino la que más, publicó, en 1996, el caso de un cirujano que, tras pincharse accidentalmente, se “trasplantó” células de un sarcoma que se encontraba operando en ese momento y que, años después, desarrollo en el área de la punción accidental, un sarcoma genéticamente idéntico al extirpado a su paciente en su momento. Un examen amplio realizado al cirujano, incluyendo pruebas de laboratorio, no reveló ningún signo de deficiencia inmune. El examen histológico reveló que era un histiocitoma fibroso maligno. Afortunadamente, el cirujano pudo ser intervenido, extirpándose completamente el tumor, y se encuentra actualmente libre de enfermedad.

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Por tanto, la inoculación de un tumor es posible. No obstante, hay que reconocer que se trataría de un medio cuanto menos peculiar para desembarazarse de un rival. Sin embargo, la historia está plagada de casos similares, en los que rivales molestos han sido eliminados por mecanismos más o menos sorprendentes. Dejando de lado la utilización de venenos “tradicionales” como la cicuta, el cianuro, el arsénico o la estricnina, administrados con la comida o la bebida, medio éste clásico y con miles de años de antigüedad, algunos casos más recientes llaman la atención por su originalidad:

Georgi Ivanov Markov, fue un notable novelista y dramaturgo a la par que disidente búlgaro. Markov fue víctima de una muerte singular que se conoció posteriormente como “El asesinato del paraguas”. En septiembre de 1978, Harkov ingresó en un hospital londinense aquejado de fiebre alta sin un foco aparente. Cuando fue interrogado, tan solo recordaba haber sido golpeado en una pantorrilla con la punta de un paraguas, notando la aparición de una pequeña tumoración dolorosa de color rojo en la zona donde fue golpeado. Tras la muerte de Markov, 3 días después de su ingreso y sin que se hubiese podido hacer nada para evitarla, se demostró que la causa de la muerte fue el envenenamiento con ricina. La ricina es una de las toxinas más potentes conocidas y se extrae de las semillas del ricino o higuera del diablo (Ricinus communis). Se une a los ribosomas de la célula paralizando la síntesis de proteínas y originando la muerte celular por apoptosis. El envenenamiento por ricina ocasiona un cuadro clínico caracterizado por hemorragias gastrointestinales, diarrea profusa, vómitos incoercibles, deshidratación y, finalmente, la muerte.

En la autopsia practicada a Markov, se halló bajo la tumoración de la pantorrilla, la presencia de una esfera de platino e iridio con restos de haber contenido ricina en su interior que se liberó tras ser introducida la cápsula en la pantorrilla de Markov mediante un paraguas-pistola.

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Alexander Litvinenko, agente secreto del soviético KGB primero y del ruso FSB después, había huido de Rusia hacía seis años y residía desde entonces en Londres. Previamente, Litvinenko y otros cuatro compañeros habían comparecido en una rueda de prensa en Moscú para denunciar la corrupción imperante en los servicios secretos rusos y la práctica habitual de asesinatos políticos por encargo que llevaban a cabo los servicios secretos rusos. El 1 de noviembre, sexto aniversario de su huida de Rusia, había asistido a dos reuniones, una con un ex agente del FSB y otra con un investigador italiano que temía por su vida (y por la de Litvinenko). Más tarde, por la noche, empezó a sentirse mal. El 3 de noviembre, acudió a un hospital con vómitos y deshidratación. El 15 de noviembre, su estado era crítico. El 23 de noviembre. Litvinenko moría tras una terrible agonía. Tras su muerte, se supo que en la orina de Litvinenko se encontró una “gran cantidad” de radiación alfa probablemente emitida por el polonio 210. La policía reconstruyó los últimos movimientos del ruso antes de su ingreso y encontró restos del isótopo nuclear polonio 210, el veneno que acabaría con la vida, tanto en el restaurante donde comió sushi como en el hotel donde posteriormente tomaría el té. El polonio 210, descubierto por Marie Curie, y relativamente fácil de conseguir, es tóxico en dosis ínfimas tanto ingerido como inhalado. En el cuerpo provoca hepatotoxicidad severa, hemorragias gastrointestinales, aplasia de médula ósea… Oleg Gordievski, un agente doble del MI6 y del KGB que en 1985 huyó al Reino Unido, explicó tras la muerte de Litvinenko el por qué de la preferencia de los Servicios Secretos Rusos por un veneno tan poco habitual: “Porque es un veneno muy, muy fiable. No tiene vuelta atrás. Es como una bomba nuclear. Tiene garantía absoluta y produce una terrible agonía. Lo que ellos no esperaban es que hubiera tanta publicidad. Esperaban que muriera en silencio, en cualquier sitio”

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