El Ensayo Clínico en Oncología: ¿Es Tiempo Ya de Derribar Muros?

La Medicina, en tanto ciencia y arte, está en constante evolución. Los avances no dejan de sucederse, y la incorporación de nuevos conocimientos, técnicas, tratamientos, es una constante. Como lo es el continuo empeño en intentar demostrar que éstos suponen una mejora frente a lo ya existente. Y así, los ensayos clínicos se han convertido en herramienta imprescindible para que la comunidad médica acepte, o rechace, cualquier avance que asome en el escenario.

La Oncología, como especialidad médica, no es ajena a este planteamiento. Más aún, es probablemente una de las especialidades donde la obsesión por el ensayo clínico alcanza cotas no vistas en otras especialidades. Por las particularidades de la enfermedad que trata, por el creciente número de diagnósticos o por la (ingente) cantidad de dinero que se mueve en y alrededor de la Oncología. Cada cual tendrá su opinión… Y en este paroxismo del ensayo clínico, el estudio fase 3 aleatorizado se ha convertido en la clave de bóveda sobre la que descansan el dogma y la praxis de la Oncología, y todo lo que se aleje mínimamente del mismo es inmediatamente tachado de herético y repudiado sin miramientos.

No deja de ser llamativo que esta obsesión de los oncólogos por el ensayo aleatorizado choca frontalmente con las advertencias que el propio Sir Austin Bradford Hill, uno de los principales “inventores” del estudio aleatorizado en 1946, hacía en referencia a su creación: “El ensayo terapéutico diseñado estadísticamente no es el único medio de investigación y experimentación ni, de hecho, es invariablemente la mejor forma de avanzar en el conocimiento de la terapéutica” Pese a todo, el ensayo aleatorizado fase 3 se ha convertido en una suerte de obsesión de forma que no existe otra manera de hacer investigación válida y todo avance o novedad que no sea comprobable mediante un ensayo fase 3 aleatorizado carece de valor y, lo que es incluso más peligroso, de legitimidad siquiera para considerar su empleo en la práctica clínica. Y esta concepción aberrante de la investigación – sostenida, mantenida y promovida (¿interesadamente?) por muchos – se ha convertido en la base que sustenta gran parte del tinglado de la Oncología. Algo contra lo que Bradford Hill también advirtió hace casi 60 años: “Cualquier creencia de que el ensayo controlado es el único camino significaría, no que el péndulo ha oscilado demasiado, sino que se ha salido de su polea”.

Sin embargo, parece que tímidamente la sensatez empieza a reclamar su papel en  la investigación. Cada vez más oncólogos intentan poner pie en pared y enfrentarse, sin complejos, a esta perniciosa moda que ya dura demasiado. No es ya infrecuente asistir a declaraciones de reconocidos oncólogos reclamando un cambio de actitud – de colegas, de sociedades científicas, de agencias reguladoras – frente a los ensayos clínicos y volver a considerar a los estudios prospectivos y retrospectivos y a los resultados conseguidos en el mundo real como herramientas válidas para generar evidencia suficiente, algo que hace poco tiempo era impensable. Si el objetivo final es lograr una aprobación más rápida de nuevos tratamientos o busca ir más allá y sacudir verdaderamente el árbol de la investigación en Oncología es algo que veremos en los próximos años. Pero, mientras tanto, bienvenidas sean estas voces que pretenden despojar a la Oncología de alguno de los rígidos corsés que la atenazan y sojuzgan. Y para los “puristas” que, sin duda alguna, procederán a rasgarse las vestiduras invocando terribles y catastróficas consecuencias de este cambio de  actitud (¿y principios?), qué mejor que algunos ejemplos tanto en lo que hace referencia a la quimioterapia como a la radioterapia. Dos estudios claves y fundamentales en pacientes con cáncer de mama publicados en los últimos 3 años no son ensayos aleatorizados, y de acuerdo a la rígida ortodoxia imperante no debieran haberse considerado más allá de cómo generadores de posibles y plausibles hipótesis. Pero pese a la dictadura de lo moderna inquisición oncológica, los resultados de ambos trabajos han cambiado la práctica diaria de la oncología y han sido asumidos sin trauma por oncólogos desacomplejados. El estudio prospectivo fase 2 de la Dra. Tolaney ha establecido la combinación de paclitaxel y trastuzumab como el esquema adyuvante estándar para pacientes con cáncer de mama HER2 positivas sin afectación ganglionar. Del mismo modo, el estudio de la Dra. Thorsen confirma la importancia de la irradiación de la cadena mamaria interna en adición al resto de áreas ganglionares axilares y supraclaviculares en todas las mujeres con afectación metastásica nodal en cualquier territorio ganglionar. Y ambos han sido incorporados a la realidad, y ningún derrumbe se ha producido por eliminar la (¿artificial?) clave de bóveda del ensayo fase 3 aleatorizado.

Soplan esperanzadores vientos de cambio para la Oncología. En nuestras manos como oncólogos está ser capaces de aprovecharlos para orientar la nave de los tratamientos hacia el futuro y avanzar hacia la curación y mejoría de los pacientes con cáncer evitando volver a encallar en los bajíos promovidos por interesados guardianes de las esencias…

Es tiempo de cambio. Es tiempo de derribar falsos muros. Es tiempo de avanzar.

“Todo lo que escuchamos es una opinión, no un hecho. Todo lo que vemos es una perspectiva, no es la verdad.”  

Marco Aurelio emperador del Imperio Romano 121–180

Cuando un proyecto se acaba… (y otro nuevo empieza)

19223.original-656Cuando un proyecto laboral y profesional se acaba lo hace, en ocasiones, porque se alcanzan los objetivos inicialmente marcados. Pero las más de las veces, lo hace porque pierde su sentido, porque cuesta encontrar razones para seguir o porque, simplemente, se agota. Y cuando un proyecto se agota hay que ser honesto con uno mismo, reconocerlo y saber despedirlo. Y esta capacidad no es una cuestión de valentía como muchas veces se piensa, sino de vencer la natural tendencia humana a luchar por lo que, hasta ese momento, había supuesto un objetivo vital en el que se habían depositado esfuerzos y miedos, pero también alegría e ilusiones. Pero también es el momento de parar y reflexionar qué, quién, cómo, por qué, se ha agotado un proyecto. Muchas veces un proyecto se disfruta no sólo por el objetivo alcanzado, sino por el trayecto realizado hasta alcanzarlo. Las experiencia, las vivencias, los éxitos y, por que no decirlo, también los sinsabores experimentados durante el mismo, son lo que dan entidad a cualquier proyecto. El gran poeta de Alejandría, Konstantínos Kaváfis, lo describió mejor que nadie en su mítico “Ítaca”:

Cuando emprendas tu viaje a Itaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
….
Ten siempre a Itaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años…
….

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Cuando en el transitar por un proyecto se pierde la ilusión, la motivación, las ganas de seguir aprendiendo, la alegría de enfrentarse a él y moldearlo con nuestro esfuerzo y voluntad, es el momento de dejarlo. Cuando no se disfruta del viaje porque ya no hay experiencias, o las que surgen no aportan nada al viajero, es el momento de arribar y emprender un nuevo rumbo.

Cuando un proyecto profesional se agota, surge siempre la tentación de buscar, si no un culpable, si al menos un responsable. Tentación o necesidad, porque es cierto que aún habiendo proyectos que acaban naturalmente, en ocasiones existen circunstancias y elementos que, por acción u omisión, favorecen o aceleran el fin. Y con toda la subjetividad inherente a cualquier decisión humana, me niego a participar de lo políticamente correcto, en los repartos equitativos de responsabilidades que sostienen que la responsabilidad (o la culpa) se reparte al 50%.

Pero todo proyecto, cuando acaba, deja un poso que se recordará siempre con inmensa alegría y satisfacción, y sería injusto no reconocerlo. Todas las vivencias disfrutadas durante el camino, todos los planes realizados, todas las oportunidades de aprender y mejorar tenidas, todas las relaciones establecidas, muchas de las cuales han derivado en una sincera y profunda amistad, (¡incluso todos los momentos de Horr-or compartidos!), superan con creces cualquier decepción sufrida. Y, por supuesto, nunca habrá satisfacción mayor para los médicos que todo lo aprendido de aquellos a quienes dedicamos nuestro esfuerzo; de su confianza, de sus miedos, pero también de sus esperanzas; de su alegría en la curación, pero también de la tristeza cuando no. Y, a la larga, serán estas experiencias las que perdurarán en la memoria  y ningún otro recuerdo podrá jamás empañar el orgullo de haberlas vivido y compartido.

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Pero cuando un proyecto se acaba, otro empieza. Y es bien cierto que cambiar es necesario. Y bueno. Pero cambiar para avanzar, evitando caer en el gatopardismo de “cambiarlo todo para que nada cambie”. Un nuevo proyecto profesional siempre trae nuevas ilusiones, nuevas motivaciones, nuevos miedos (por qué no decirlo), pero también nuevas alegrías, nuevos desafíos y, sin duda, nuevas satisfacciones. Y más aún si se logra involucrar a buenos y viejos compañeros para que viajen de nuevo con nosotros.

Y al final, cuando un proyecto profesional acaba, sólo queda recoger los trastos, pedir disculpas si alguien se ha sentido en algún momento ofendido, dar las gracias por lo vivido e invitar a los verdaderos amigos (¡vosotros sabéis quienes sois!) a que nos acompañen en el nuevo camino a Ítaca…

«Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar»

Antonio Machado, poeta español (1875-1939)