Colapso en Urgencias: la lucha contra la mediocridad…

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El blog de @BeatrizSatu Blogueando que Son Dos Días publica hoy una magnífica entrada sobre la situación de los médicos que desarrollan su labor en los Servicios de Urgencia hospitalarios, y como las condiciones a las que están sometidos, zarandeados y maltratados desde todos lados, ponen en cuestión las convicciones  más fuertes de aquellos que han elegido ese camino. Es realmente desazonador leer como profesionales que han dedicado su esfuerzo, estudio y saber a la atención de las Urgencias y Emergencias sienten la tentación, y lo descrito en el blog no es una excepción, de dejarlo todo y abandonar ante la imposibilidad de llevar a cabo su trabajo con dignidad. Quienes vivimos de cerca el mundo de la Urgencia hospitalaria sabemos muy bien a que se refiere…

Más allá de la situación individual de cada uno de los médicos que trabajan en la Urgencia de cualquier hospital, y más allá de las puntuales situaciones estacionales y epidemiológicas que aumenten o disminuyan la presión asistencial a la que están continuamente sometidos todos estos profesionales, la actual situación de colapso en la mayoría de Servicios de Urgencia hospitalarios debería motivar alguna reflexión. Esta misma semana, se ha conocido el informe de la Defensora del Pueblo sobre la realidad de los servicios de urgencias y el impacto de su funcionamiento sobre los ciudadanos. El estudio, que analiza la situación de la Urgencia hospitalaria en España, considera necesario que se introduzcan cambios en la organización y gestión de los servicios para resolver los problemas de presión asistencial y de saturación. Además, reclaman que se cree una especialidad médica de urgencias y emergencias y recuerdan que la insuficiente dotación de plantillas titulares en muchos centros provoca que los médicos internos residentes asuman un grado excesivo de responsabilidad. Desgraciadamente, este informe tan solo refleja la situación en este momento concreto sin ahondar, ni mínimamente, en las causas que han conducido al actual deterioro. La situación del Urgencia hospitalaria tan solo es el reflejo del fracaso de un sistema construido sobre la mediocridad, que es seña en nuestra maltrecha Sanidad Pública:

  • Mediocridad  de los encargados de su gestión y organización, quienes son incapaces de adelantarse a los conocidos, y hasta cierto punto previsibles, aumentos puntuales en la demanda, y van siempre a rebufo de los acontecimientos, cuando no son claramente sobrepasados por ellos.
  • Mediocridad de sus directivos que, haciendo gala de su condición, han despreciado a profesionales con conocimientos y méritos acreditados para rodearse de una absoluta falta de talento que ni les hiciera sombra ni pusiera en evidencia su completa prescindibilidad.
  • Mediocridad en la gestión de la Atención Primaria, fracasando en el intento de hacerla centro del Sistema Nacional de Salud apelando al manido y maniqueo concepto de “acabar con el hospitalocentrismo del sistema y colocar al paciente en su centro”, y ni desplazamiento ni colocación del paciente ni capacidad de asumir estos retos. Haber logrado convertir la Urgencia en una suerte de consulta rápida y completa de salud no es, precisamente, acabar con el “hospitalocentrismo” sino, más bien, todo lo contrario…
  • Mediocridad de todos los que, pese a comprobar cada día que pasa el caos en que han sumido a las Urgencias, son incapaces de cualquier autocrítica y, mucho menos, de asumir su responsabilidad.
  • Mediocridad de aquellos que han convertido la atención en Urgencias, por comodidad o egoísmo, en un sustitutivo de su médico de cabera, de todos aquellos que regulan el horario de su asistencia a los servicios de Urgencia en función de acontecimientos deportivos o culturales…
  • Mediocridad de los (ir)responsables políticos, de todo color, que son capaces de sostener medidas sensatas de control como el copago cuando redactan documentos y que, sin embargo, lo niegan públicamente por un bastardo cálculo político. Ejemplos como el del diputado Freire y sus 166 propuestas de regeneración de la Sanidad Pública con AES o del renombrado ex-consejero Bengoa y “su” Informe Abril son claros ejemplos de la hipocresía imperante.
  • Mediocridad de todas aquellas sociedades científicas (SEMFyC, SEMI, SEMERGEN, SEMICYUC,…) que, guiándose sólo por su particular interés, se han opuesto siempre a la creación de una verdadera especialidad de Medicina de Urgencias y Emergencias, y prefieren la actual situación de caos y descontrol antes que ceder un ápice de lo que suponen “su capacidad de influencia”.

Pero muy por encima de todos ellos están las heroínas, y los héroes, como los descritos por @BeatrizSatu, que cada día dan lo mejor de sí mismas, inasequibles al desaliento y a la tentación constante de dar un portazo a toda esta mediocridad. Están todos esos médicos, a los que debemos agradecimiento eterno, que se resisten a dejarse vencer por esta recua de interesados y que, aunque juran cada vez que abandonan la Urgencia que no van a volver, al día siguiente están de nuevo dispuestos a recomenzar y dar lo mejor de sí mismos por algo en lo que, a diferencia de otros, verdaderamente creen.

“Conoces lo que tu vocación pesa en ti. Y si la traicionas, es a ti a quien desfiguras; pero sabes que tu verdad se hará lentamente, porque es nacimiento de árbol y no hallazgo de una fórmula”

Antoine De Saint Exupery, escritor y aviador francés (1900-1944)

 

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Gestión Pública: ¿el comunismo del siglo XXI…?

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En los albores del siglo XX, el comunismo era la ideología nueva, fresca, rompedora, que prometía solucionar, de una vez y para siempre, todos los agravios pasados, presentes y futuros que se cometieran sobre el pueblo. Las ideas que Karl Marx y Friedrich Engels habían expresado a mediados del siglo XIX en su célebre Manifiesto del Partido Comunista atrajeron innumerables seguidores. Tantos que hasta alguien tan alejado de los postulados marxistas como Winston Churchill sostenía que “…quien no era comunista a los 20 años no tenía corazón…” (aunque después la continuaba con “…pero quien es comunista después de los 40 es que no tiene cerebro…”). En una época de gran inestabilidad geográfica y política, repleta de revueltas que permitían asistir al nacimiento de nuevos estados (y a la refundación de muchos de los viejos), estas ideas prendieron con exagerada virulencia. En numerosos países se implantaron, a lo largo de los dos primeros tercios del siglo XX, distintos regímenes que, al menos en origen, presumían de una base comunista. Ejemplos como los de la Unión Soviética y sus satélites o Albania en Europa; China, Vietnam, Camboya o Corea del Norte en Asia; Cuba, Nicaragua o, más recientemente, Venezuela en Hispanoamérica; Angola, Mozambique, Etiopía o Benín en África, representan la materialización en el poder de todas las variopintas ideologías que se cobijan bajo el paraguas del comunismo. No es necesario recordar como terminaron muchos de ellos después, eso sí, de dejar un reguero de muerte y devastación a su espalda.

Y aún así, el comunismo continúa siendo una bandera que muchos defienden y que, de tanto en tanto, se enarbola como modelo utópico de sociedad ideal a la que todos debemos aspirar. Y cuando sus enfebrecidos defensores son puestos ante la realidad de la historia, de las secuelas dejadas por aquellos a los que idolatran, de la pobreza y miseria que subyacen parapetadas tras la barrera defensora de la “lucha de clases”, la respuesta es, tozudamente, la misma: “…es una buena ideología pero que se ha aplicado mal…”. Se ha aplicado mal en todas partes donde lo ha hecho, en muy distintos países, de muy distintas culturas, con muy distintos líderes y en muy distintas condiciones sociales y políticas. Y, pese a ello, “se ha aplicado mal”… Ni autocrítica, ni reconocer los daños causados, ni renunciar a su imposición. Sólo, “se ha aplicado mal”, lo que implica una obstinada intención de seguir reclamándolo por todos los medios, en la obcecada esperanza de que alguna vez llegue alguien que “lo aplique bien”

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Pues algo similar a lo sufrido con el comunismo sucede, en los albores del siglo XXI, con la no menos sacrosanta Gestión Pública. Una gestión pública que, al menos en España, allá donde se ha aplicado se ha caracterizado por su devastadora ineficiencia, por su esclerosante burocratización, por su indomeñable corrupción. La gestión pública (política) de la banca, de los Medios de Comunicación, de la Universidad o de la Sanidad son buena muestra de la ineficacia de un sistema podrido y agotado, y de la necesidad imperiosa de cambiarlo. Pero, aún con todos estos ejemplos, y los que día si y día también conocemos, todavía hay muchos que siguen no sólo defendiendo sino también exigiendo su aplicación en todos los ámbitos. Continuamente asistimos a las autodenominadas “mareas”, de todos los colores, que claman por mantener a toda costa una estructura obsoleta y carcomida desde dentro. Y no son pocas las voces que, ante las evidencias de ineficiencia que justifican de sobra un cambio necesario, persisten en repetir la manida cantinela de que “es un sistema ideal de gestión pero es que se ha aplicado mal…”. La misma tozudez y cerrazón que caracterizaba a los nostálgicos del comunismo es ahora patrimonio de estos defensores de la Gestión Pública. Siguen reclamando la pervivencia de un sistema donde la autocrítica, la asunción de responsabilidades o la valoración de los méritos individuales brilla por su ausencia. Un sistema tremendamente politizado, donde priman intereses pseudoideologizados sobre el trabajo bien hecho, donde nadie es responsable de su deterioro, tan solo lo es un ente abstracto conocido como “Administración” pero del que ninguno de los reclamantes forma jamás parte, donde la mediocridad, el nepotismo y las corruptelas varias se enseñorean,en mayor o menor medida,en todos los ámbitos donde la Gestión Pública es ley. La respuesta es, siempre, la misma: “…el concepto es bueno, sólo se ha aplicado mal…”

Se ha aplicado mal en las Cajas de Ahorro, esquilmadas por las gestión pública de dirigentes colocados allí por su ideología como único mérito; se ha aplicado mal en la Universidad pública, mangoneada en lugar de dirigida por fanáticos ideologizados que ven en las aulas, antes que la cuna del saber y la evolución, un caldo de cultivo idóneo para alimentar sus propios delirios y ambiciones, y donde cualquiera que no comulgue con la ideología reinante tiene comprometido su desarrollo profesional, por brillante que sea su trabajo; se ha aplicado mal en las Televisiones y demás Medios de Comunicación públicos, donde la información está siempre tamizada por el sesgo ideológico del que manda; se ha aplicado mal en la Sanidad Pública, donde priman los “derechos adquiridos” de una casta privilegiada sobre el esfuerzo y méritos de los comunes, donde las “bolsas de ineficiencia” afloran a poco que uno rasque levemente la superficie, donde cualquier autocrítica de sus responsables es una mera entelequia… Se ha aplicado mal…

Y, por último, además de la repetida justificación sobre los errores en su aplicación y desarrollo, comunismo y gestión pública comparten más aspectos rechazables. Ambas, comunismo y la gestión pública (política) en España, tienen en común su gusto por anular el esfuerzo individual para anteponer los intereses de una casta, muchas veces mediocre, a los méritos de quienes no pertenecen a la misma y, sobre todo, su inmensa capacidad de conducir a la desmotivación y al abandono, antes o después, a cualquiera que no comulgue con la doctrina imperante.

En definitiva, y salvando todas las diferencias existentes entre comunismo y Gestión Pública en un país democrático, lo cierto es que ambas comparten la obstinación en su propia mediocridad, la autocomplacencia sin asomo de autocrítica ni asunción de responsabilidades y una preocupante cortedad de miras que le impulsa a seguir reclamando su imposición cueste lo que cueste y caiga quien caiga. ¿No sería más honrado reconocer que, al menos para España, no es el mejor sistema de gestión?

“Un burócrata es el más despreciable de los hombres, aunque es necesario tal como los buitres son necesarios, pero muy extrañamente alguien admira a los buitres, a los cuales los burócratas se parecen tanto. Todavía tengo que conocer a un burócrata que no sea reparón, lerdo, insensato, burlón o estúpido, un opresor o un ladrón, un portador de un poco de autoridad de la que se vanagloria como un niño se vanagloria de poseer un perro fiero. ¿Quién puede fiarse de criaturas así?”
Marco Tulio Cicerón, Senador y Cónsul romano (106-43 A.C.)

El Lanzallamas: fogonazos y desvaríos en 2014…

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Cuando termina un año, siempre surge la pulsión de hacer un resumen del mismo desde cualquier punto de vista. Y el mundo de las redes sociales no es ajeno a ello. En los últimos días, es constante el bombardeo al que somete Facebook con los variopintos resúmenes del año de sus usuarios, y siempre bajo el epígrafe de “Este año ha sido fabuloso. Gracias por haber formado parte de él”. Pero no, no todo es tan almibarado como lo representa Facebook, también el año ha sido pródigo en fracasos y decepciones ganadas, otra vez, por las oscuras fuerzas de la mediocridad imperante. Aunque, en medio de todo ello hay, al menos, un resquicio para la denuncia, para levantar el velo, para gritar a quien quiera oírlo que el Emperador está desnudo…

Y de eso va el resumen de El Lanzallamas

Sanidad Pública: los horrores (y errores) de una demencial forma de gestión:

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Este 2014 ha sido un año perdido para la Sanidad Pública (¡y van ya…!). Las esperanzas de cambio, de regeneración, de encontrar una salida de sacudirnos, de una vez y para siempre, la mediocridad que atenaza al sistema han quedado, otra vez, insatisfechas. Y eso que el año comenzó con buenas perspectivas: por fin, un conjunto de aparentes expertos interesados en la Sanidad Pública y englobados en la llamada Asociación de Economía de la Salud (AES), propuso un extenso documento con 164 medidas que, aunque pudieran ser discutibles, suponían un intento sensato y desprovisto (aparentemente) de contaminación ideológica de aportar diagnóstico y soluciones para nuestra Sanidad Pública. En la misma línea surgieron también las Tertulias Sanitarias, gracias al empuje e ilusión de Asun (@asunrosado) y Mónica (@Monicamox1). Todo parecía encaminarse, por fin, a iniciar un nuevo tiempo, un periodo de cambio y renovación que permitiera sacudirnos la mediocridad que, en muchas ocasiones, lastra nuestra Sanidad Pública. Sin embargo, muy poco, o prácticamente nada, se movió. Los buenos presagios de cambios se tornaron, más pronto que tarde, en la misma manida reafirmación de los tópicos que nos condujeron a donde estamos. Se continuó defendiendo una equidad del sistema tan abstracta como inexistente, negando la necesidad de una verdadera profesionalización de la gestión que impida que los más capacitados sean pasto de un sistema esclerosado y caduco. Y, por supuesto, sin asomo de la más mínima autocrítica ni de asunción alguna de responsabilidades. Con gran decepción comprobamos que muchos alabados paladines de la Sanidad Pública defendían con su firma en un papel lo que luego no se atrevían a mantener en su discurso (¿verdad, Freire?, ¿verdad, Bengoa?), cual sepulcros blanqueados. Nuestros dirigentes, incluso los más próximos, han seguido en muchos casos inamovibles en la defensa de su autoridad (que no en el de su respeto), prestándose a participar, una vez más sin oposición alguna, de los arteros manejos del Gobierno de la CAM del sin par Ignacio González, demostrando tanto su sumisión, como que no habían aprendido nada de la experiencia pasada.  Mientras, la precariedad laboral en la Sanidad Pública no deja de crecer, con cada vez mayor número de médicos con contratos eventuales. Y como curiosidad, en una reciente encuesta realizada por la OMC,  la segunda preocupación de los médicos eventuales, a corta distancia del comprensible interés en alcanzar una estabilidad laboral, es la falta de motivación y reconocimiento de las diferencias profesionales. Significativo…

Un ejemplo del divorcio existente entre la gestión pública de la Sanidad y la práctica clínica diaria ha sido la actitud ante los casos de infección por virus Ébola atendidos en nuestro país. Frente a la posición de los profesionales, que afrontaron la situación con los lógicos temores ante algo hasta el momento desconocido, pero resueltos a solucionarlo y anteponiendo la salud de sus pacientes sobre todo lo demás, contrasta la actitud de diferentes estamentos que, más que pensar, embisten tal y como como decía Machado, desde el ex-consejero de Sanidad (Dr. Rodríguez), pasando por políticos y opinadores varios, que lo han utilizado (todos) de manera nauseabunda y con despreciables intenciones hasta, desgraciadamente, una de las afectadas que, tras lograr superar la infección, ha declarado sin pudor alguno que, de haberlo sabido, habría antepuesto la salud de su perro a la atención a los enfermos… Y eso que de ejemplos de tergiversación de la realidad y manipulación de la sociedad ya tuvimos en Gamonal nuestra ración…

Claro que, muchas veces, el enemigo habita dentro del propio sistema, con sus descabelladas teorías conspiranoicas… Y cuando alguien osa poner estas incoherencias sobre la mesa, en seguida surgen las voces que, más alto aún, sostienen que “los trapos sucios se deben lavar en casa, y no a la vista de cualquiera”, sin darse cuenta de que, por mucho que algunos se nieguen a verlo, el Rey de la Sanidad Pública sigue estando desnudo. Y en lugar de apostar por una renovación amplia, por la llegada de aire fresco, por dar a quien tiene que liderar la sanidad del mañana, y del hoy, las capacidades para ello y allanarle, en la medida de lo posible, su llegada, se ha optado por defender con uñas y dientes la posición alcanzada. De acuerdo que las formas han sido despreciables (reflejo tan solo de la escoria política que nos gobierna), pero denunciar la aplicación de la ley que es igual para todos los trabajadores que establece la edad de jubilación obligatoria a los 65 años como un ataque a las esencias más sagradas del establishment médico en la Sanidad Pública es, como poco, un tanto exagerado. En una sociedad en la que hasta el Jefe del Estado entiende que llega un momento en el que hay que dar un paso a un lado y dejar que otros más preparados y con nuevas ideas y bríos tomen el relevo, la casta gerontocrática sanitaria se revuelve como gato panza arriba. Y es que, muchas veces, no sólo hay que cambiar la macrogestión para que cualquier cambio sea eficaz, sino que también es preciso renovar la microgestión para que los cambios tengan eficacia.

Desgraciadamente, y como hemos podido comprobar con espanto, el fracaso de la gestión pública no es privativa de la Sanidad, y otras entidades también gestionadas por el dictado político de turno, como las Cajas de Ahorro, se han visto arrastradas en la mediocridad e ineficacia que acompaña habitualmente en España a cualquier asunto en que nuestros corruptos políticos ponen sus manos. Es desalentador observar como entidades centenarias, como los Montes de Piedad, que han resistido el paso de gobiernos y regímenes de todo tipo y hasta guerras son devastadas y aniquiladas por la manera  de entender y practicar la gestión pública imperante en nuestro país. Y más insensatos seremos los médicos si no aprendemos hacia donde nos encaminamos defendiendo la gestión pública española…

Oncología y Radioterapia: luces (y alguna sombra) de 2014…:

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A principios de cada año se celebra el Día Mundial contra el Cáncer, momento que suele aprovecharse para recordar la importancia de mantener unos hábitos saludables para la prevención pero también, de los avances experimentados en las diferentes terapéuticas involucradas en el tratamiento del cáncer y que, aunque a más de uno le sorprenda, van más allá del empleo de fármacos frente a los tumores. No está de más, aprovechando esta efemérides, acabar con falsos mitos y recordar el papel preponderante que en el tratamiento del cáncer – de todos los cánceres – tienen, por este orden, la cirugía y la radioterapia a la hora de aumentar las opciones de curación de los pacientes. Y como la investigación básica en radioterapia en nuestro país, sin necesidad de grandes infraestructuras ni apoyo de grandes grupos financiadores privados, ha sido capaz en este 2014 de lograr importantes avances en la mejora de le eficacia de los tratamientos contra el cáncer.  Además, en esta época de crisis que atravesamos, el debate acerca de la relación coste-beneficio de muchos tratamientos está en auge. Ahora que se discute acerca de la financiación a cargo de los sistemas de salud de medicaciones de enorme costo, pero de indudable eficacia, como son los nuevos antivirales frente al virus de la hepatitis C, no sería descabellado plantear un análisis serio, sensato y alejado de todo apasionamiento partidista acerca de la eficacia real de algunos tratamientos oncológicos y el coste que los mismos suponen, aunque haya quien siga pensando que tan solo es dinero público y, total, “el dinero público no es de nadie”. Y, en esta misma línea de análisis coste-beneficio, ASTRO volvió a publicar este año 5 nuevas recomendaciones para un empleo más racional de la radioterapia frente al cáncer.

Pero, más allá de las miserias diarias que generan nuestros gestores y dirigentes,  El Lanzallamas se ha centrado este año en recordar, para algunos, o dar a conocer, para otros, que es la oncología radioterápica, de donde viene o a que y quienes debemos el conocimiento que hoy tenemos. Así, desde los primeros tiempos que sucedieron al descubrimiento de la radiactividad, y de todas las expectativas e ilusiones que se generaron y que convirtieron aquel periodo de entreguerras en una auténtica “Fiesta del Radium”, hasta los duros  momentos en los que, gracias al sacrificio de numerosas jóvenes, “Las Chicas del Radium”, conocimos los terribles efectos que el uso indiscriminado y sin control de la radiactividad podía desencadenar. Pero también, como la el espíritu innovador de muchos investigadores llevaron a convertir el descubrimiento del Radium, estableciendo la curieterapia (o braquiterapia, según gustos),  en una de las armas fundamentales en la lucha contra el cáncer, y de cómo la evolución en la curación de alguno de los tumores más frecuentes, como el cáncer de mama, va pareja e íntimamente unida a los avances de la radioterapia en los últimos 100 años, sin poder entenderse una sin la otra. Y del mismo modo en que se ha recordado el pasado, se ha apuntado el futuro de la radioterapia, y la esperanza que abre al tratamiento de enfermedades, actualmente incurables, como la temida Enfermedad de Alzheimer.  Además, y siguiendo con el intento de ahondar en la Historia de la radioterapia a la vez que en el papel de la radioterapia a lo largo de la Historia y en revelar algunos aspectos poco conocidos, se planteó la estrecha relación existente entre los efectos salutíferos de los balnearios y manantiales curativos, tanto en el Viejo como en el Nuevo Mundo, y una forma de primitiva radioterapia, que nos entronca directamente con el concepto de hormesis por radiación ya comentado en otras entradas de este blog.

Por otro lado, en el debe de la Oncología Radioterápica quedarán las dificultades, cada vez mayores, para intentar ofrecer una formación continuada de calidad. Pero ese es un pedrusco con demasiadas aristas…

Pero lo más importante del año viene a continuación…:

A pesar de todo, al final, lo único que realmente merece la pena recordar en un futuro de este año de El Lanzallamas serán tres hechos que han llenado, personal y profesionalmente, todos los aspectos. En primer lugar,  comprobar que, afortunadamente, siguen existiendo médicos que, tras una vida profesional plena dedicada a la Sanidad Pública en todos sus facetas (asistencial, docente e investigadora) saben darse cuenta de cuando llega el momento de dejar a los que vienen detrás asumir la responsabilidad que ya les toca, y tienen la enorme dignidad de, sin alharacas ni victimismos fingidos, dar un paso a un lado con la absoluta certeza de que han contribuido de manera decisiva a su formación y que su legado de sabiduría y profesionalidad continuará. Y yo he tenido la inmensa fortuna de conocer, al menos, a uno… Por otra parte, la enorme satisfacción que produce completar el desarrollo de una idea profesional de 3 oncólogos que, con más ilusión que medios, lograron ver realizado, desde su concepción inicial y pasando por todas las etapas de su avance y perfeccionamiento (y superando las dificultades e imprevistos que iban surgiendo), el fruto de todo el esfuerzo de tanta gente plasmado en nuestra aplicación iOncoR, la primera app móvil por y para oncólogos radioterápicos en español, y verla disponible para cualquiera tanto iTunes como en Google Play. ¡Ha merecido la pena! Y, por último, un año en el que afrontar un cambio de proyecto  con un objetivo claro: recuperar la ilusión y continuar avanzando y aprendiendo cada día. Probablemente, lo más sencillo de decir aunque lo más complicado de hacer. Pero también, lo más gratificante…

Gracias a todos los que movidos por la curiosidad, por el interés o por los avatares y circunstancias de la red, han visitado este 2014 El Lanzallamas. “Gracias” a los que con vuestro comportamiento dais pie a muchas de las entradas: vuestra mediocridad es nuestra inspiración… Pero sobre todo, gracias a todos los que haréis, con vuestro ejemplo y apoyo fiel, que El Lanzallamas siga ardiendo en 2015. ¡Vosotros sabéis quienes sois!

Precariedad laboral en la Sanidad Pública: algo más que un estudio de la OMC…

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Recientemente se han presentado los resultados del primer Estudio sobre la situación laboral de los Médicos en España elaborado por la Organización Médica Colegial (OMC) mediante la realización de una encuesta on-line a la que respondieron 9763 médicos colegiados. Los resultados del estudio, no por menos conocidos, no dejan de ser terriblemente desoladores. De acuerdo a los datos obtenidos, el 46,7% de los médicos encuestados que se encuentran en activo ejerciendo una especialidad médica en el Sistema Nacional de Salud carecen de plaza en propiedad y sólo disfrutan de un contrato eventual, muchas veces bajo la irónica excusa del (perpetuo) “acúmulo de tareas”. Pero no sólo eso, más del 40% de estos médicos ejerce con contratos de duración inferior a los 6 meses. Y lo peor es que no es un hecho temporal aislado: de acuerdo al estudio, ¡el el 26,2% lleva mas de 10 años trabajando en el SNS y el 6,7% más de 20 años en esta situación!. Peses a este desalentador panorama, en lo que sin lugar a dudas muchos estaremos de acuerdo es en que, a diferencia de la opinión del presidente de la OMC, la precariedad laboral que sufrimos no tiene una influencia sobre la calidad y el rendimiento profesional. Son muchos años soportando estas condiciones y, sin embargo, la profesionalidad y calidad del trabajo de los médicos eventuales nadie puede dudar.

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El conocimiento de estos datos ha levantado la esperada polvareda en medios hablados y escritos. Polvareda teñida de una inmensa, e indecente, hipocresía en demasiadas ocasiones. Es repugnante comprobar como políticos que dicen ser médicos (o médicos que dicen dedicarse a la política para “servir a sus conciudadanos”) se llevan las manos a la cabeza y exponen su indignación ante tamaño desvarío sin pararse, ni por un momento, a pensar que esta situación no es nueva y se mantiene desde hace más de 20 años. Y que han sido muchos, y de todos los colores, los políticos que han castigado con su gobierno a la profesión médica sin que nunca haya existido interés en intentar arreglar la situación de eventualidad casi perpetua de muchos médicos. Pero es que, además, muchos de estos políticos y médicos son autores materiales de documentos como el Informe Abril, el Informe de SEDISA o el Informe de AES en los que plantean soluciones para acabar con esta precariedad, incluyendo todos ellos una posible laboralización, pero que luego, cuando tienen responsabilidad de gobierno, encierran en un cajón sin interés alguno en aplicarlos. Los mismos que critican en un lado de Despeñaperros lo que sus conmilitones hacen en el otro. ¡Hipócritas, en una palabra!

Aún así, más triste y decepcionante que la esperada actitud de estos políticos (por muy médicos que alardeen ser) ha sido el comportamiento en ocasiones de los propios médicos. La presencia de uno número creciente de eventuales con contratos cada vez más precarios ha sido vista con normalidad, y muchas veces con cierta indiferencia, por parte de la clase médica. Más allá de la “solidaridad de pasillo” con el eventual, poco más se ha hecho por intentar revertir su situación. La flagrante discriminación laboral de los médicos eventuales, que siega cualquier posibilidad de progresión profesional, es vista con naturalidad (y, quizás, con cierto alivio) por parte de médicos propietarios de una plaza en el Sistema Público. Incluso se han llegado a firmar infames documentos como el Modelo de Carrera Profesional de la Comunidad de Madrid, que discriminaba económicamente a todos los médicos eventuales y que tampoco encontró oposición alguna.

Y en un giro irónico de las oportunidades, al mismo tiempo que se conocían los datos del estudio de la OMC sobre precariedad laboral, se conocían también esta semana los listados del vergonzoso proceso para transformar a una parte de los eventuales – siempre discriminando y generando división – en interinos. Con todas las ventajas que ello conlleva: ¡ninguna! Pero por si no fuera así, este proceso también está recurrido e impugnado por parte de los propios médicos. Todo sea por mantener el actual sistema de castas…

Y como curiosidad final, la segunda preocupación de los médicos eventuales, a corta distancia del comprensible interés en alcanzar una estabilidad laboral, es la falta de motivación y reconocimiento de las diferencias profesionales.Significativo…

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Macrogestión y Microgestión en la Sanidad Pública: ¿caminos divergentes?

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Suele dividirse el estudio y aplicación real de la ciencia de la Economía en dos grandes ramas: la macroeconomía y la microeconomía. Esta distinción, más allá de la semántica, refleja la existencia de dos grandes áreas que estudian los mismo aunque desde enfoques distintos. La macroeconomía es la parte de la economía que se encarga de estudiar el funcionamiento económico en general, así como las políticas económicas que se llevan a cabo en grandes escala, por ejemplo en un país. La microeconomía es la parte que se encarga del comportamiento de cada agente económico de forma individual, como pueden ser las familias, las empresas o los trabajadores. La relación entre ambas es estrecha y generalmente, cuando se habla de macroeconomía también se hace referencia a la microeconomía. Si hay una mejora en los indicadores macroeconómicos, esta es el resultado del comportamiento microeconómico. Sin embargo, en muchas ocasiones, sobre todo en circunstancias de crisis económica, existe un aparente divorcio entre ambos conceptos. No es raro escuchar que, pese a la mejora de los índices macroeconómicos, la sensación subjetiva sigue siendo de crisis debido a que estas mejoras no se han trasladado, al menos de manera palpable, al ámbito microeconómico y la percepción general es que la situación mejora cuando el avance de la macroeconomía se traduce en mejoras sustanciales y tangibles en la microeconomía.

Al igual que sucede con la Ciencia Económica, los recientes acontecimientos vividos por la Sanidad española a cuenta de la aparición de un caso de infección por virus de Ébola en España (aunque no exclusivamente…), han puesto de manifiesto una situación similar en lo que podría, por analogía, clasificarse como macrogestión frente a microgestión. Este concepto ya ha sido reflejado por distintos investigadores. La Sanidad, y más aún la Sanidad Pública, permite identificar perfectamente ambas ramas, tanto la macrogestión de los grandes asuntos sanitarios como la microgestión clínica del día a día en los distintos componentes de nuestra Sistema Público de Salud.

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En este contexto, no deja de ser llamativo que se exija los responsables de la macrogestión, con toda la razón y derecho, una absoluta transparencia en sus actuaciones y una constante y exhaustiva explicación de sus decisiones y que, sin embargo, algunos de los mismos que lo exigen muestren una preocupante tendencia a la opacidad en cuanto a sus propias responsabilidades en la microgestión de sus propios recursos. Es, hasta cierto punto, frecuente (y preocupante) el hecho de reclamar no sólo el reconocimiento público de los errores cometidos, sino también exigir una petición expresa y pública de perdón por ellos acompañado de la inmediata asunción de responsabilidades por los altos cargos responsables de la macrogestión de la Sanidad, lease Ministros, Consejeros o Gerentes, en forma de cese o dimisión inmediata en su cargo, mientras que los problemas de la gestión diaria de la Sanidad, de la gestión de Servicios, de la microgestión son, si no ocultados si minimizados y, por supuesto, sin toda la parafernalia acompañante. Por supuesto que toda generalización es, por definición, incorrecta y probablemente injusta. Pero no es menos cierto que denunciar públicamente lo que no funciona o no se hace bien debiera de ser una obligación para todos. E igualmente, la misma exigencia que se tiene ante los responsables de la macrogestión en Sanidad se debe tener con aquellos que los son de la microgestión, con independencia de que la magnitud absoluta de su labor de gestión sea diferente. Existe en inmenso reparo a poner en práctica las mismas medidas de transparencia e información que se reclaman para la macrogestión en todo lo que atañe a la microgestión, incluyendo la autocrítica y la asunción de responsabilidades por los (micro)gestores. Muchas veces, demasiadas tal vez, da la impresión que macrogestión y microgestión, en la Sanidad Pública, discurren por caminos divergentes, sin apenas relación entre ambas. Se conocen y analizan hasta el más mínimo detalle todos los fallos y errores que han podido cometer los encargados de la macrogestión sanitaria pero, sin embargo, no parece existir el mismo interés en desvelar y analizar con la misma profundidad los vericuetos de la microgestión en Sanidad. Antes bien, persiste la hispana tradición de no hacer públicas las propias carencias y debilidades en la confianza de que si no se habla de ellas, éstas no existen. Craso error. Del mismo modo que se reclama que aflore toda la mediocridad de los encargados de la macrogestión sanitaria, y que paguen por la misma, se debe poner de relieve, cuando sea preciso, la mediocridad que también existe en áreas de microgestión.

Porque, al igual que sucede con la Economía, sólo cuando mejoren ambas, y no exclusivamente la macrogestión, mejorará nuestra maltrecha Sanidad Pública. Y es que, acallar el niño que lo denuncia a voces no hace que el Emperador deje de estar desnudo…

“Quien se enfada por las críticas, reconoce que las tenía merecidas”
Cayo Cornelio Tácito, historiador y orador romano (54-120)

La responsabilidad ante el fracaso en la Gestión Pública: una necesidad para todos…

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En esta semana se han producido dos hechos que, no por menos esperados y esperables, resultan sorprendentes en la realidad social española. El pasado martes día 23 de septiembre de 2014 se produjo la dimisión de Alberto Ruiz Gallardón, hasta ese momento Ministro de Justicia del Gobierno de España. Y en la mañana del día 25 de septiembre de 2014, la dimisión de Leopoldo González-Echenique, presidente de RTVE. A estas dos se puede sumar la dimisión acaecida hace ya algunos meses de Javier Fernández Lasquetty, Consejero de Sanidad del Gobierno de la CAM. Lo que tienen en común estas tres dimisiones es que son fruto del fracaso en la gestión encomendada a cada uno de ellos, tanto en la gestión de la Justicia, como de la Sanidad Pública madrileña o de la televisión de todos. Algo que, en principio, parecería lógico e incluso deseable, como es la asunción de responsabilidades derivadas del cargo desempeñado se convierte, por su rareza, en una situación insólita en la gestión pública en España.

Si hay algo que, desgraciadamente, caracteriza la gestión pública en España es su absoluta, o casi absoluta, falta de autocrítica. Nunca pudo imaginar Napoleón Bonaparte que su sentencia tras la Paz de Tilsit, “…la victoria tiene cien padres pero la derrota es huérfana…” se aplicaría de manera tan ajustada a la gestión pública española. Y la Sanidad Pública es, demasiadas veces, un excelente ejemplo de la mediocridad que rodea la gestión pública en España. Ante cualquier éxito, por mínimo que sea, son legión los que se apuntan al mismo. Pero cuando la realidad del fracaso aparece ante el gestor, pocos son los que tienen la valentía de reconocerlo, asumir la responsabilidad del mismo y presentar su renuncia al quedar demostrada su ineptitud para el cargo. Antes bien, si algo caracteriza la gestión pública es que siempre existe un estamento superior al que hacer responsable, y la responsabilidad se va transmitiendo hasta llegar al nebuloso ente de “la Administración” que, como un agujero negro, engulle cualquier posibilidad de exigir una asunción del fracaso. Y esto sucede, tristemente, a todos los niveles de la gestión pública donde, para desgracia de todos los españoles, parece cumplirse con contumaz y machacona insistencia el Principio de Peter según el cual “…todo empleado tiende a ascender hasta su alcanzar su máximo nivel de incompetencia: la nata sube hasta cortarse…”

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En una entrada anterior, se confrontaban los conceptos de “Gestión Pública” frente a “Gestión Profesional” a propósito de otro gran fiasco en la gestión pública española, como ha sido la destrucción inmisericorde de las otrora eficaces y eficientes Cajas de Ahorro. Una de las grandes diferencias entre ambos modelos está en la asunción de responsabilidades. Sin ser el remedio de todos los males, una gestión profesional que permite, bien por responsabilidad o bien por temor a verse alcanzado, eliminar a la jerarquía inepta y mediocre antes de que su gestión conduzca al fracaso de toda la estructura, parece lo más deseable. Y si, pese a todo, el fracaso se consuma, entonces llega el momento en que el máximo responsable de la gestión debe asumir su responsabilidad y abandonar la dirección del proyecto.  Algo que estos tres políticos, conviene no olvidar que nombrados a dedo y por el principal mérito de tener un carné del partido gobernante en este momento, si han tenido, sin embargo, la decencia de hacer. Y con independencia de lo que cada uno pueda pensar de sus motivaciones para hacerlo, no cabe duda de que son un ejemplo para el resto de sus conmilitones de cualquier color, y para el resto de personas con alguna responsabilidad de mando dentro de la llamada “gestión pública”. Desgraciadamente, la experiencia de muchos años demuestra que estas dimisiones no serán más que una mera anécdota, y que mientras no se cambie el sistema las siempre necesarias autocrítica y asunción de responsabilidades no dejarán de ser una mera utopía…

“El precio de la grandeza es la responsabilidad” 

Winston Leonard Spencer Churchill, político y escritor británico (1874-1965)

Sepulcros blanqueados en la Sanidad Pública…

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La expresión “sepulcros blanqueados” es una metáfora que emplea Jesús en el Evangelio de San Mateo para comparar a los fariseos con sepulcros blanqueados, relucientes por fuera, pero llenos de podredumbre repugnante y vomitiva en su interior. Esta metáfora se sigue empleando para tachar a alguien de hipócrita, farsante, fariseo, inconsecuente con sus ideas, alguien que predica una cosa y hace la contraria,…

Desgraciadamente, esta figura también existe en nuestra Sanidad Pública. En los últimos meses han quedado claras distintas posturas de enfrentarse a los cambios que la maltrecha Sanidad Pública reclama.

Por un lado, la postura del Gobierno de la CAM, con su presidente Ignacio González al frente con los distintos y peculiares Consejeros de Sanidad que ha tenido a bien obsequiarnos, es bien conocida en su ambición de privatizar, como sea, la gestión de los hospitales públicos. Tan convencido está de ello que la CAM cuenta, hoy en día, con 4 hospitales públicos gestionados por 2 empresas privadas. Y eso que su intención inicial de privatizar la gestión de otros 6 centros no se llegó a concretar. (Lo cual no quiere decir que no lo pueda conseguir más adelante, dada la judicialización del proceso, que deja a merced de un sutil cambio en cualquier equilibrio de poderes en el ámbito judicial la posibilidad de que, al igual que fue suspendida una vez, pueda ser reactivada otra).

En el otro extremo, la sin par Federación de Asociaciones en Defensa de la Sanidad Pública (FADSP). Más de 30 años defendiendo la Sanidad Pública. En concreto, su modelo de Sanidad Pública. Un modelo caduco que se ha mostrado ya agotado, pero que sus defensores están dispuestos a mantener con entrañable contumacia, impenetrables a cualquier posibilidad de cambio, ni siquiera en la mejor tradición gatopardiana de “cambiarlo todo para que nada cambie”. Antes bien, cayendo en absurdas teorías conspiranoicas que no hacen más que reafirmar la necesidad de superar este modelo y cambiar si queremos mantener nuestra Sanidad Pública.

A nadie se le oculta que en ninguno de estos dos extremos vamos a encontrar las bases para construir el cambio que se necesita. Aunque hay que agradecerles, al menos, que mantengan firmes y claras sus posturas, sin añagazas ni medias tintas. Sin embargo, entre ambas posturas antagónicas, que en su cerrazón son más parecidas de lo que inicialmente podría suponerse, existe una amplio campo donde poder desarrollar cambios y mejoras en la Sanidad Pública. Y es aquí donde cobra protagonismo la figura de los “sepulcros blanqueados”. Infinidad de documentos se han publicado planteando estrategias de cambio para nuestro sistema público de salud, pero como ejemplo basten 2 de ellos.

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Por un lado, el Informe Abril, que fue el primer gran intento de reforma para mejorar y garantizar la supervivencia de nuestro sistema público de salud. Así llamado por estar presidida la comisión encargada de su redacción por Fernando Abril Martorell, continúa siendo, a día de hoy, un documento fundamental para entender las complejidades de nuestro sistema y las posibilidades para reformarlo. Contrariamente a lo que ahora se estila, el Informe contó con la participación de numerosos profesionales, muchos de ellos de enorme prestigio, y con todo tipo de ideología, sin exclusión de ninguno por la misma (algo, desgraciadamente, impensable hoy). El Informe Abril, pese a estar redactado en 1991, conserva aún plena su vigencia e interés, y podría convertirse en un excelente punto de partida para abordar, de una vez por todas, una reforma seria y en profundidad de la Sanidad Pública.

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Por otra parte, hace apenas unos meses se publicó en la web de la Asociación de Economía de la Salud (AES, http://www.aes.es) en forma de capítulos, las conclusiones del documento “Sistema Nacional de Salud: diagnóstico y propuestas de avance” que plantea 166 reformas para la mejora del sistema público de salud. Este documento ha sido elaborado por un grupo de expertos en Salud Pública procedentes de distintos ámbitos y recoge las propuestas de actuación que, a su juicio, debieran llevarse para garantizar la sostenibilidad y el desarrollo futuro de nuestra Sanidad Pública.

Con sus diferencias, y aunque los separan más de 20 años, ambos documentos coinciden en una serie de aspectos críticos para afrontar con garantías un cambio que garantice la supervivencia de la Sanidad Pública. Ambos hacen hincapié en las ideas de autocrítica como punto de partida, en reconocer la existencia de “bolsas de ineficiencia”, en la necesidad de una profesionalización de la gestión y en la reivindicación de la meritocracia como patrón para la evaluación de la actividad y la gestión de los recursos humanos. Además, analizan sin sectarismos ni prejuicios aspectos tan relevantes como la retribución variable, las medidas de copago, la posibilidad de valorar la colaboración público-privada en la Sanidad Pública o la redefinición de la Cartera de Servicios y el concepto de “todo para todos y gratis”. Coincidiendo o discrepando, en mucho o en poco, no cabe duda de que pudieran ser un buen punto de partida para afrontar, de manera sensata, el problema de la supervivencia de la Sanidad Pública. Y alejados, aunque fuera por una vez, de los maniqueísmos que son norma en cuanto se sugiere cualquier alternativa original y valiente.

Por todo ello, resulta aún más llamativo que dos de los principales responsables de ambos documentos, Rafael Bengoa del Informe Abril y José Manuel Freire del informe de AES, mantengan ahora, tanto en las apariciones televisivas del uno (ungido, además, por su experiencia estadounidense, lo que no deja de ser llamativo en un país tan anti americano como el nuestro, al menos de boquilla…), como en la actividad parlamentaria del otro, discursos que parecen contradecir lo que, negro sobre blanco, habían plasmado anteriormente. Quien sabe si será que se arrepienten de ello, aunque no parece que nadie les haya preguntado sobre el particular, que lo hicieron forzados por oscuros intereses o que, simplemente, son firmes seguidores de Marshall McLuha y su conocido aforismo de “el medio es el mensaje” y consideren que es más relevante no lo que dicen sino el donde y como lo dicen, y sepan bien que la inmensa mayoría de los receptores se van a quedar con el titular sin profundizar en sus escritos. Se podría decir que ambos, aunque no son los únicos, se comportan de manera inconsecuente en función de donde y a quien se dirijan, que son, en definitiva, “sepulcros blanqueados”

Si despreciables en su cerrazón son las posturas extremas tanto del Gobierno de la CAM como de la FADSP, más decepcionantes son para todos los que creemos y tenemos ilusión en un cambio necesario para avanzar la indefinición tibia de quien no quiere (o no se atreve, o no le dejan…) defender públicamente lo que, en otros ámbitos han considerado adecuado y necesario. Con ejemplos como estos, el futuro de la Sanidad Pública es, cada día que pasa, más incierto y preocupante.

“No se puede ser y no ser algo al mismo tiempo y bajo el mismo aspecto”

Aristóteles, filósofo griego (384 a.C.-322 a.C.) 

Sanidad Pública: cuando el enemigo está dentro…

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¡Por si fueran pocos los males que afligen a nuestra maltrecha Sanidad Pública desde diferentes frentes, ahora también la intentan destruir aquellos que dicen defenderla!

Recientemente ha aparecido, en la publicación sanitaria en la red Acta Sanitaria, una ¿reflexión? firmada por el Dr. Manuel Martín García, a la sazón presidente de la Federación de Asociaciones en Defensa de la Sanidad Pública (FADSP), que en su particular paranoia no tiene desperdicio alguno. Si ya eran delirantes muchas de las propuestas del portavoz de la FADSP, Dr. Marciano Sánchez Bayle, como su frontal oposición a cualquier intento de cambio y mejora en la eficiencia en el sistema público, (aún a riesgo de continuar y avanzar en la decadencia actual) que quedó clara en su defensa a ultranza del privilegiado status funcionarial del que disfrutan muchos médicos (no todos, pero eso al Dr. Sánchez Bayle le da igual…), las declaraciones de su presidente alcanzan un nuevo nivel “conspiranoico”.

El artículo en cuestión, Una casta profesional apoya la privatización del Sistema Sanitario Público”, evidencia hasta que punto muchos médicos fracasan cuando intentan salir del ámbito de su propia consulta.  No me atrevería jamás a cuestionar la competencia del Dr. Martín en su saber médico, pero en cuanto a oráculo de la realidad su habilidad es, como poco, cuestionable cuando no francamente risible. Pero vayamos por partes intentando analizar, sin sucumbir a la tentación de abandonarlo,  el artículo de marras.

El planteamiento principal sobre el que construye todo su alucinado discurso este prócer de la defensa de la Sanidad Pública es que existe una conspiración internacional liderada por un oscuro grupo denominado Club Gertech. Dicha asociación existe realmente, y cualquiera puede visitar su página web, pero es presentada por el autor como una gran alianza socioeconómica de la que casi nadie ha oído hablar y que viene desarrollando, desde hace tiempo y de manera invisible para la población y los trabajadores sanitarios, oscuros y turbios manejos en las sentinas de nuestra Sanidad Pública. En esta maléfica alianza privatizadora participarían “…algunas universidades, centros de investigación, empresas de informática y tecnología sanitaria, laboratorios farmacéuticos, fondos de inversión internacional (especialmente de USA y China) y grupos de comunicación…”. De acuerdo a la privilegiada información que el Dr. Martín posee, y que graciosamente se apresta a compartir con nosotros, el objetivo de este grupo seria hacerse con el control de la Sanidad Pública para proceder de manera implacable a su privatización.  No queda claro en el artículo, pero es fácil suponer que aunque inicialmente el objetivo del grupo parece la sanidad española, de salirles bien la jugada se lanzaría sin demora al control de otros sistemas públicos. Al fin y a la postre, y como se evidencia en el artículo, los instrumentos empleados para esta toma del control son aplicables a cualquier otro sistema. Quizás en posteriores entregas de esta apasionante aventura el Dr. Martín tenga a bien revelarnos los planes futuros de esta siniestra organización.

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Entre las perlas con las que el Dr. Martín ilustra su “escrito” destacan las líneas maestras de este devastador plan:

  1. Controlar toda la información generada por el Sistema Sanitario Público en relación con el estado de salud de la población, recursos disponibles, actividades desarrolladas y su funcionamiento”

De acuerdo a este paladín de la Sanidad Pública, el objetivo es privatizar el Sistema de Información del Sistema Sanitario Público para ponerlo al servicio de las multinacionales sanitarias  a través de forzar a la implantación de la Historia Clínica Electrónica (HCE), de redes informáticas de comunicación entre niveles y profesionales, etc. De esta manera, los conspiradores de la privatización accederán a todos los datos de los pacientes para poder manejarlos a su gusto.

Cualquiera que haya trabajado en alguna ocasión con HCE proviniendo de la tradicional Historia Clínica, en papel y con abultados sobres y carpetas, sabe de sobra apreciar las inmensas ventajas de la misma. ¡Y más aún cuando debe volver, después de emplear la HCE, al modelo de papel manuscrito! Solo los muy ignorantes, o los que no pisan su consulta salvo que se equivoquen, pueden poner en duda el enorme avance que para todos (médicos, enfermería, auxuliares, técnicos, etc.) supone una buena HCE.

  1. “Controlar la planificación estratégica y el funcionamiento de los servicios asistenciales  a través de las Unidades de Gestión Clínica”

El Dr. Martín afirma, sin rubor alguno, que las Unidades de Gestión Clínica (UCG) tienen encomendada la misión de privatizar la gestión de los servicios asistenciales hospitalarios y de atención primaria, modificando su estructura organizativa y funcional. Entre los perniciosos cambios que, a juicio del autor se avecinan estarían: dotar de mayor autonomía de gestión a los hospitales públicos; laboralizar a los trabajadores sanitarios; promover el autocuidado del enfermo mediante tecnologías instaladas en sus domicilios; libre elección de centro sanitario, etc. Este cambio de modelo vendría avalado por grupos profesionales con escasa presencia e influencia en los profesionales asistenciales: FACME (Federación de Asociaciones Científico Médicas), SEDISA (Asociaciones Profesionales y Sociedad de gerentes y directivos de los centros sanitarios públicos), Organización Medica Colegial (OMC), Confederación Española de Sindicatos Médicos (CESM), Conferencias de Decanos de Medicina y Estudiantes de Medicina, etc., todas ellas de “fuerte perfil conservador” (?)

Quizás sería interesante que el Dr. Martín y sus palmeros, pese a la aversión que parecen tener por las nuevas tecnologías, se dieran una vuelta por sitios como el blog de Tertulias Sanitarias, donde encontrarán una amplia y excelente revisión de cómo las UGC pueden ayudar al cambio que tanto necesita nuestra Sanidad Pública.

  1. “Impulsar y favorecer el uso intensivo de las tecnologías, responsables del crecimiento del gasto sanitario irracional”

Finalmente, el Dr. Martín da con una de las claves del deterioro del sistema: ¡la multiplicación del gasto sanitario en pruebas tecnológicas y servicios especializados puede condicionar la sostenibilidad del Sistema Sanitario Público, incrementar la iatrogenia y las desigualdades de salud!

No deja de ser llamativo que los claman, y reclaman, por imponer su particular concepto de “equidad” en la atención sanitaria según la cual debe de haber “de todo y para todos en todos los sitios” se descuelguen ahora con la revelación de que las nuevas tecnologías son muy costosas. Los mismos que alientan, por ejemplo, que se instalen unidades de radioterapia en cualquier capital pequeña, o que se compren e instalen unidades de PET-TC en cualquier hospital regional, porque “es el derecho de los ciudadanos a disponer de los últimos avances tecnológicos próximos a sus domicilios”, son los que ahora acusan a los gobernantes de estar “vendidos” a las multinacionales que pretenden tan solo colocar sus equipos como sea. Durante años, la tremenda presión ejercida a través de colectivos de pacientes, asociaciones varias y organizaciones como la FADSP han forzado a los distintos gobiernos a realizar enormes inversiones de claro talante electoralista y que, desgraciadamente, han demostrado ser muchas veces innecesarias llegando a estar infrautilizadas. Pero por supuesto, ellos no aceptarán nunca ninguna responsabilidad, porque es bien sabido que “el dinero público no es de nadie”

Si no fuera por la dramática situación por la que atraviesa nuestra Sanidad Pública, motivada por el comportamiento indecente de muchos que se llaman profesionales, tanto de la escoria política como, desgraciadamente, de la propia profesión medica, afirmaciones como las expresadas en el panfleto publicado en Acta Sanitaria no pasarían de la consideración de meras bufonadas sin mayor recorrido. Lo realmente triste es que gran parte de la casta gerontocrática que puebla la Sanidad Pública se aferra a concepciones de este tipo para no reconocer la deriva imparable del sistema ni su propia responsabilidad en la misma. Afortunadamente,  somos cada vez más los médicos que, escarmentados de este falso y pernicioso asociacionismo, apostamos decididamente por un cambio necesario de modelo para poder preservar nuestra Sanidad Pública.

 “En los propios enemigos es donde se encuentra aún mayor bajeza”

Jules Renard, escritor, poeta y dramaturgo francés (1864-1910)

Lecciones (y elecciones) después de la derrota…

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La reciente eliminación de la Selección Española de Fútbol de la fase final de la Copa del Mundo deja, además de la inevitable sensación de fracaso, algunas reflexiones muy interesantes. El comportamiento y actitud de muchos de sus protagonistas ante las derrotas, humillantes por modo y forma, sufridas en Brasil reflejan a la perfección maneras y comportamientos extrapolables a otros muchos ámbitos laborales.

Tiempo habrá para que lo expertos planteen el necesario cambio de sistema que exige una debacle como la acaecida. Porque, sin duda, el modelo actual, que había proporcionado extraordinarios réditos en el pasado, ha dado muestras de estar casi agotado, habiendo sido superado por otros sistemas que han evolucionado más. La diferencia existente entre la España que derrotó con su sistema a Holanda en 2010 frente a la que ha sucumbido estrepitosamente ante el mismo rival en 2014 no demuestra más que el avance y superación del equipo holandés, que ha sabido aprender y cambiar lo necesario para revertir la derrota de Sudáfrica.

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Sin embargo, dos actitudes, por lo contrapuestas y lo que tienen de significativas, llaman poderosamente la atención. Por un lado, la autocrítica de Xabi Alonso, uno de los pilares fundamentales de nuestra selección, realizada apenas unos minutos después de la humillante derrota ante Chile, y tras la negativa imagen ofrecida por España, evidencia una actitud valiente y comprometida que muchos desean obviar. La capacidad de reconocer los errores sin buscar falsas justificaciones, sin elevar la responsabilidad hacia los superiores o sin caer en la justificación fácil por acciones malintencionadas de terceros, es algo que, por su extraordinaria rareza en España, merece ser destacado. Y más aún cuando proviene de uno de los mejores y más brillantes jugadores de la historia del fútbol español, cuyo trabajo excelente siempre acompañado de una identificación absoluta hacia su equipo y de una capacidad de sacrificio encomiable, hacen de él un ejemplo para cualquier trabajador en cualquier profesión. Desgraciadamente, la autocrítica no es lo habitual en España y cuantas veces es más frecuente en España, en cualquier actividad diaria, esconderse en cualquier excusa antes que reconocer los propios fallos. Una sana autocrítica es imprescindible para poder sentar las bases para una futura renovación y volver a aspirar a los éxitos pasados. Y si eran pocas las virtudes que adornaban a Alonso como jugador, su decisión de retirarse, de reconocer que su tiempo ha pasado, de dejar paso a otros más jóvenes y que puedan aportar diferencias para seguir creciendo es, probablemente, su mayor y más sacrificada aportación a la Selección Española.

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Frente a esta actitud contrasta la del máximo responsable, el seleccionador nacional Vicente del Bosque, tendiendo a relativizarlo todo pero sin reconocer una mínima responsabilidad. Alguien que ha disfrutado mucho, y con todo el derecho ganado, de las mieles del triunfo no esta sabiendo apurar, en la misma medida, las hieles de la derrota. Ni la más pequeña autocrítica ha salido de su boca en estos días, ni el menor reconocimiento de sus carencias o falta de previsión ha alterado su imperturbable rostro. Y lo peor es que la razón fundamental del fracaso de la selección española no es otro que la complacencia y falta de estudio del seleccionador y su equipo directivo. Los triunfos de años pasados parecen haber anestesiado su capacidad de identificar y anticipar las carencias, de buscar nuevas fórmulas y alternativas, en definitiva, de evolucionar y crecer hacia mejor. Su falta de estudio de los rivales y su descarada apuesta por la gerontocracia y los derechos adquiridos antes que por la meritocracia están en la raíz de su fracaso. El resto de seleccionadores, como bien han demostrado Holanda y Chile, han dedicado muchas horas a estudiar hasta el mínimo detalle el juego de España, a identificar sus debilidades y buscar alternativas para derrotarlo, a conocer sus propias fortalezas y la mejor manera de emplearlas. Nada de eso ha hecho el seleccionador español. Si es porque no puede, no sabe o no quiere es algo que carece de importancia en este momento. Lo que se ha demostrado es que el empecinamiento en un modelo por brillante que haya sido, la negativa a introducir cualquier cambio y la ausencia total de autocrítica sólo conducen a un fracaso más estrepitosos cuanto mayor es el enroque en una postura inamovible. Vivir de las rentas de logros y avances pasados tiene este riesgo, que hay que ser muy valiente para ver y afrontar la necesidad de un cambio sean cuales sean sus repercusiones, y no todos los dirigentes están preparados para ello. Una vez más, y en contraposición a la decisión adoptada por Xabi Alonso, el empeño en no reconocer sus errores que se ha manifestado ante su falta de dignidad para presentar su irrevocable renuncia a seguir dirigiendo al equipo español inmediatamente después del último fracaso tan sólo evidencia el apego desmedido por un cargo aunque su proyecto fracase a su alrededor.

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Y toda esta reflexión puede ser aplicada, con mínimas diferencias, a cualquier situación profesional, incluyendo nuestra maltratada Sanidad Pública. También en ella existen Alonsos y Del Bosques, y las diferencias y repercusiones de ambas posturas están claras. La cuestión es qué modelo preferimos los médicos…

“Los cobardes agonizan muchas veces antes de morir… Los valientes ni se enteran de su muerte”
Cayo Julio Cesar, Dictador de la República de Roma (100 a.C.-44 a.C.)

La Autoridad se impone, el Respeto hay que ganárselo…

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Somos una sociedad de hondas raíces romanas y eso es algo que nos marca con huella indeleble. Las enseñanzas de la antigua Roma no sólo constituyen la base sobre la que nos desarrollamos, sino que continúan siendo de plena vigencia. El Derecho romano, con una inteligencia que supera en muchas ocasiones al actual, reconocía entre dos principios como son Auctorictas y Potestas. Auctorictas era, y sigue siendo, una legitimación socialmente aceptada que viene dada por un saber y que es confiada por un colectivo. Esta Auctoritas la posee aquella persona que tiene conocimientos para emitir una idea fundamentada sobre una materia. Ese juicio tiene un gran valor, ha sido obtenido mediante la convicción, la razón, la conformidad de otros. No es pues una imposición ni es vinculante legalmente, pero tiene un valor de índole moral muy fuerte. Poseer Auctorictas no es fácil. Es consecuencia directa del trabajo, el esfuerzo y la reflexión. No se obtiene con ningún cargo, no se insufla cuando se produce un nombramiento ya sea de Presidente, Director, o Jefe. Por contra, el Derecho romano también reconoce el principio de Potestas, referido al poder socialmente reconocido y que se adjudica por el simple hecho de detentar un cargo determinado. Era el poder institucionalizado, con capacidad legal para hacer normas y hacerlas cumplir. Potestas significaba la obediencia de los mandados, únicamente por el poder que confería el cargo. Un poder relacionado con la fuerza y la imposición y que si no se acompaña de la Auctorictas carece de la autoridad moral que esta le confiere, aunque sea obedecida por los súbditos.

Auctorictas1Cada vez con mayor frecuencia se diferencia, en todos los ámbitos, entre líderes y jefes. Mucho se escribe acerca de las características que debe tener el Jefe para ser en verdadero líder y no un mero jefe Incluso en este mismo blog se dedicó una entrada a las diferencias entre Jefes y Líderes. Un reciente artículo de la revista digital equiposytalento.com de muy recomendable lectura, “Siete cosas que hacen los grandes líderes y temen los meros jefes”, se plantean las principales diferencias de comportamiento y acción entre un verdadero líder, que no se limita tan solo a ascender en la escala jerárquica sino que llena por completo el peldaño conquistado y encabeza y motiva a su equipo en pos de un objetivo común, y el mero jefe que simplemente gestiona el equipo que por el puesto alcanzado le ha sido encomendado sin ejercer liderazgo alguno.

Estas distinciones, sutiles en algunas profesiones, también se manifiestan, a veces de manera muy evidente, en el ámbito de la Sanidad Pública. Que el ascenso en la escalera jerárquica este fundamentado, en gran parte, en un hecho meramente biológico, no contribuye precisamente a generar grandes líderes. Y es precisamente esta ausencia de líderes uno de los males que lastran nuestra Sanidad Pública,y que muchos que luchamos por un cambio en este sistema echamos de menos en el momento actual. Pero más allá de que la antigüedad suponga uno de los pilares, en ocasiones el principal, para la promoción de los médicos hasta alcanzar la categoría de jefes, otros hechos también contribuyen, y no precisamente de manera positiva en muchas ocasiones, al mantenimiento del actual statu quo. Un reconocido médico, internista y catedrático ya fallecido, mantenía ante todo aquel que quisiera escucharle que en España, “para ser Jefe o Catedrático sólo hacen falta tres condiciones: sostenerse sobre dos piernas, ser capaz de articular un idioma y tres votos”. Aunque no deja de estar teñido de un cierto cinismo, hay que reconocerle al viejo catedrático la agudeza en sus juicios, algo que nunca le faltó.

Todos los que llevamos ya un tiempo trabajando hemos conocido a lo largo de nuestra carrera tanto grandes líderes como meros jefes. Líderes a los que hemos respetado y admirado, pese a ser en ocasiones enormemente rígidos y formales en el trato, y de los que hemos aprendido cada día que pasamos con ellos. Y seguimos conociendo y respetando líderes que, con independencia de su edad, e incluso cargo, nos siguen enseñando y mostrando el camino por donde debe avanzar la Medicina. Pero también hemos conocido meros jefes que no soportan el peso de la mínima comparación. La autoridad se impone pero el respeto hay que ganárselo. Este viejo aforismo resume a la perfección el núcleo de estas diferencias. Al final, lo que subyace es simplemente la diferencia entre el Auctorictas y Potestas romanos.

“De los buenos líderes, la gente no nota su existencia. A los no tan buenos, la gente les honrará y alabará. A los mediocres, les temerán y a los peores les odiarán. Cuando el trabajo de un gran líder concluye, la gente dice: «lo hemos hecho nosotros»”

Lao Tse, filósofo chino fundador del taoísmo (s. VI-V a. C.)