Oncología Radioterápica: sin renovación no hay innovación…

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Por tópico que suene, no deja de ser una verdad apabullante la que sostiene que una de las frases más peligrosas en Medicina (y en cualquier ámbito de la vida, me atrevería a decir) es “…siempre lo he hecho así, y me va bien…”. Y no sólo por lo que de inmovilismo y resistencia al cambio supone, sino también por el desprecio latente bajo la misma a explorar nuevos caminos, la resistencia a aprender,  a intentar aprender algo nuevo, a ir más allá, a mejorar, en definitiva, a crecer. Podría pensarse que lo que subyace a este pensamiento es el miedo a fracasar, a no dar la talla, a equivocarse, Albert Einstein sostenía que “quien no ha cometido nunca un error es que no ha probado nada nuevo”, pero desgraciadamente es mucho más realista pensar que lo que esconde es más bien reflejo de un carácter acomodaticio que  renuncia al estudio como vía para incrementar el conocimiento y alcanzar otros objetivos.

Por supuesto, todos estos hechos, y bastantes otros más que evidencian una feroz aunque larvada oposición a cambiar la perspectiva, al menos en Medicina, rara vez se manifiestan con franqueza. Antes bien, la incompetencia para el cambio se esconde en muchas ocasiones tras cortinas como “falta de recursos materiales y/o humanos”, “limitación de tiempo”,sobrecarga asistencial”, “interminables listas de espera”, etc.  

En las últimas semanas hemos conocido que, por fin, se va a afrontar en España una imprescindible renovación de los equipos de radioterapia. La radioterapia, para los que lo desconozcan aún, es el arma terapéutica más eficaz frente al cáncer tras la cirugía, involucrada directamente en más del 40% de las curaciones y responsable en exclusiva de más del 16% de las misma. Sin embargo, y pese a su innegable y cada vez mayor importancia, la radioterapia ha sido tradicionalmente la Cenicienta de la oncología en nuestro país. Las distintas administraciones, de todos los colores, que gobiernan los diferentes paisitos en los que está dividida España la han despreciado repetidamente. Salvo contadísimas excepciones, no han afrontado la renovación de equipos técnicos y humanos que exige una modalidad como esta, no han querido invertir, más allá de lo imprescindible – incluso menos – para su mantenimiento. Ha tenido que ser gracias a una altruista donación externa de la Fundación Amancio Ortega, justo es reconocerlo, cuando se ha encarado la necesidad de renovar la radioterapia española. Y gracias al maná de estos más de 300 millones de euros será posible sacar, al menos tecnológicamente, a España del atraso secular que arrastramos.

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Sin embargo, conviene recordar que las máquinas son sólo eso, máquinas. Que es el espíritu y la llama del conocimiento la que las hace moverse, que son la inquietud y ganas de innovar y mejorar lo que las hace útiles. Los grandes avances, en Medicina y en cualquier otro faceta de la vida, y la Oncología Radioterápica no es una excepción,  se han producido antes por el empuje del estudio y esfuerzo humanos que por la mejoría en el desarrollo tecnológico, y que lo primero es motor de lo último. No es sorprendente que los mayores avances y mejores resultados, las más punteras innovaciones y desarrollos, provengan de Centros que, quizás, no cuenten con la tecnología más avanzada pero sí con una mentalidad abierta y dirigida siempre a ir más allá, a derribar fronteras  demasiadas veces artificialmente levantadas, a explorar caminos ignotos por diferentes, a pensar que “no se ha hecho nunca” no debe ser un argumento definitivo. Personalmente, siempre he valorado y valoraré más una mente inquieta, abierta y que me obligue a pensar de manera distinta, a buscar nuevos caminos, a no dejar de avanzar antes que cualquier innovación tecnológica. La ilusión y ganas que nacen del estudio constante, del deseo de aprender y entender, compensan muchas veces las posibles carencias tecnológicas. A la inversa, no.

Ahora tenemos la oportunidad tantas veces reclamada para avanzar, para modernizar, para mejorar aún más la Oncología Radioterápica en España (y en todos los lugares de España). Pero, remedando las palabras de Roy Batty, esta oportunidad que ahora se  nos da “se perderá como lágrimas en la lluvia” si la muy necesaria renovación tecnológica no se acompaña de una imprescindible renovación mental, de esquemas y planteamientos, de ideas y maneras de afrontar la realidad, si seguimos empeñados en mantener  que “siempre se ha hecho así”.

Ahora, ya no hay excusas…

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Madrid 2020: motivos para una esperanza…

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¿Hay motivo para organizar unos Juegos Olímpicos?

Cuando el presidente Franklin D. Roosvelt lanzó en 1933 su programa de “New Deal” con el objetivo de sacar a la economía de los EE.UU. de la profunda depresión en la que le había sumido la crisis de 1929, muchos lo tacharon de iluso e ignorante. Las medidas propuestas contemplaban la ayuda inmediata a los millones de trabajadores que se habían quedado sin empleo mediante la implantación de un amplio programa inmediato de obras públicas y de planes a largo plazo que incentivaran la inversión privada. Roosvelt consideraba prioritario fomentar la demanda e incrementar el consumo como medios para reactivar la producción. Aunque las actuaciones puestas en marcha produjeron un notable incremento de la deuda pública de los EE.UU. Como consecuencia del incremento en el gasto público, el “New Deal” palió en gran medida los efectos de la depresión, relanzó la actividad económica del país, recuperó parte del empleo, y creó un ambiente de optimismo y confianza en las propias capacidades del país, inexistente desde el crack de 1929.

Dentro de pocas horas se decidirá que ciudad organizará los Juegos Olímpicos de 2020, y Madrid es una de las tres candidatas a ello. Muchos somos los que confiamos en que sea la elegida. Por muchos motivos, pero principalmente porque creemos firmemente que un hecho de estas características puede convertirse en el “New Deal” que España entera necesita. Después de años sumidos en una profunda crisis que ha afectado a todas las instancias de nuestro país, esta oportunidad representa una salida, un objetivo común por el que luchar y que permita reforzar la unión y el compromiso de todos los españoles en una tarea conjunta. Unos Juegos Olímpicos son el mejor escaparate internacional, no sólo para la ciudad organizadora, sino para todo el país, como ya sucedió con los Juegos de Barcelona de 1992.

¿Son rentables unos Juegos Olímpicos?

Organizar unos Juegos Olímpicos sin duda ayudaría a relanzar la economía de nuestro país: permitiría incrementar la inversión, tanto pública como privada, favorecer y dinamizar el consumo y ayudaría a luchar contra el paro, uno de nuestros principales problemas. Sin embargo, aún son muchas las voces críticas con la supuesta rentabilidad económica de la organización de unos Juegos Olímpicos, pero para ello tan sólo hay que echar un vistazo a los datos de los Juegos de Londres 2012. Los resultados mostraban que, tras tres trimestres seguidos de decrecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) nacional, Gran Bretaña había logrado que su economía creciera un 1% en el periodo de julio a septiembre de 2012, durante el cual, se desarrollaron en Londres los Juegos. El mercado laboral registró una subida en el empleo nacional a 29,6 millones de personas en el tercer trimestre de 2012. La tasa de desempleo disminuyó de 8,1% a 7,9% en el mismo periodo. El desempleo entre los jóvenes (de 16 a 24 años) disminuyó a 957.000 personas, siendo la primera vez en un año que bajaba del millón de jóvenes.

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¿Puede España permitirse organizar unos Juegos Olímpicos?

No es menos cierto que en España, paraíso de golfos y trincones, cualquier inversión corre el riesgo de ser abducida por la corrupción inherente a nuestros gobernantes. Pero eso no debiera convertirse en argumento para rechazar una oportunidad como esta. Más bien, debería servirnos para reclamar de una vez por todas una limpieza efectiva de todos los sinvergüenzas que pueblan nuestra clase dirigente, y que viven empeñados en separar y enfrentar a unos españoles con otros haciendo siempre una lectura partidista de cualquier acontecimiento, ya sea cultural, deportivo o de cualquier otra índole. Pero España no deja de ser el reino de la envidia y la demagogia. Así, han surgido voces que reclaman que el dinero de las inversiones destinado a la organización de estos Juegos de 2020, sería mejor empleado si se dedicara a educación, sanidad, ciencia u otros gastos sociales. Lo mismo podría decirse del dinero que se pierde en subvenciones de partidos políticos, sindicatos, asociaciones, iglesias, cine o, incluso, el dinero gastado en la organización de las fiestas populares de cada pueblo o ciudad (por mucha repercusión internacional que tengan…). O también podríamos emplear los miles de millones de euros que se han destinado a rescatar entidades bancarias públicas, tras la pésima gestión de los políticos y sindicalistas que las manejaban. E incluso podríamos reclamar también dedicar el dinero que nos cuesta mantener 17 mini-estados diferentes (con todo lo que ello conlleva), 56 aeropuertos distintos, observatorios y agencias públicas diversas, etc. Sin duda alguna, es fundamental asegurar aspectos de la educación, sanidad o investigación en España, pero quizás sería mucho más fácil si se empezara a aplicar un modelo basado en el trabajo, esfuerzo, profesionalización y meritocracia antes que en el enchufismo, corrupción y burocracia que invaden tantos ámbitos de la vida española, y posiblemente conseguiríamos así una mejor optimización de los recursos disponibles.

Razones para la esperanza…

Si finalmente el próximo sábado España es escogida para organizar los Juegos Olímpicos en la ciudad de Madrid de 2020 se habrá despertado una nueva esperanza para muchos españoles que creen en la capacidad y talento del país para salir de esta crisis que nos atenaza. Que están convencidos de que la unión hace la fuerza. Que creen que el esfuerzo colectivo y hacer bien las cosas es posible en España y que seguro tendrá su recompensa. Que creen en definitiva y como dijo William Shakespeare que “…un hombre que no se alimenta de sus sueños, envejece pronto…”

“La esperanza es el sueño del hombre despierto”

Aristóteles (384 a.C. – 322 a.C.), filósofo griego