Cuando un proyecto se acaba… (y otro nuevo empieza)

19223.original-656Cuando un proyecto laboral y profesional se acaba lo hace, en ocasiones, porque se alcanzan los objetivos inicialmente marcados. Pero las más de las veces, lo hace porque pierde su sentido, porque cuesta encontrar razones para seguir o porque, simplemente, se agota. Y cuando un proyecto se agota hay que ser honesto con uno mismo, reconocerlo y saber despedirlo. Y esta capacidad no es una cuestión de valentía como muchas veces se piensa, sino de vencer la natural tendencia humana a luchar por lo que, hasta ese momento, había supuesto un objetivo vital en el que se habían depositado esfuerzos y miedos, pero también alegría e ilusiones. Pero también es el momento de parar y reflexionar qué, quién, cómo, por qué, se ha agotado un proyecto. Muchas veces un proyecto se disfruta no sólo por el objetivo alcanzado, sino por el trayecto realizado hasta alcanzarlo. Las experiencia, las vivencias, los éxitos y, por que no decirlo, también los sinsabores experimentados durante el mismo, son lo que dan entidad a cualquier proyecto. El gran poeta de Alejandría, Konstantínos Kaváfis, lo describió mejor que nadie en su mítico “Ítaca”:

Cuando emprendas tu viaje a Itaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
….
Ten siempre a Itaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años…
….

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Cuando en el transitar por un proyecto se pierde la ilusión, la motivación, las ganas de seguir aprendiendo, la alegría de enfrentarse a él y moldearlo con nuestro esfuerzo y voluntad, es el momento de dejarlo. Cuando no se disfruta del viaje porque ya no hay experiencias, o las que surgen no aportan nada al viajero, es el momento de arribar y emprender un nuevo rumbo.

Cuando un proyecto profesional se agota, surge siempre la tentación de buscar, si no un culpable, si al menos un responsable. Tentación o necesidad, porque es cierto que aún habiendo proyectos que acaban naturalmente, en ocasiones existen circunstancias y elementos que, por acción u omisión, favorecen o aceleran el fin. Y con toda la subjetividad inherente a cualquier decisión humana, me niego a participar de lo políticamente correcto, en los repartos equitativos de responsabilidades que sostienen que la responsabilidad (o la culpa) se reparte al 50%.

Pero todo proyecto, cuando acaba, deja un poso que se recordará siempre con inmensa alegría y satisfacción, y sería injusto no reconocerlo. Todas las vivencias disfrutadas durante el camino, todos los planes realizados, todas las oportunidades de aprender y mejorar tenidas, todas las relaciones establecidas, muchas de las cuales han derivado en una sincera y profunda amistad, (¡incluso todos los momentos de Horr-or compartidos!), superan con creces cualquier decepción sufrida. Y, por supuesto, nunca habrá satisfacción mayor para los médicos que todo lo aprendido de aquellos a quienes dedicamos nuestro esfuerzo; de su confianza, de sus miedos, pero también de sus esperanzas; de su alegría en la curación, pero también de la tristeza cuando no. Y, a la larga, serán estas experiencias las que perdurarán en la memoria  y ningún otro recuerdo podrá jamás empañar el orgullo de haberlas vivido y compartido.

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Pero cuando un proyecto se acaba, otro empieza. Y es bien cierto que cambiar es necesario. Y bueno. Pero cambiar para avanzar, evitando caer en el gatopardismo de “cambiarlo todo para que nada cambie”. Un nuevo proyecto profesional siempre trae nuevas ilusiones, nuevas motivaciones, nuevos miedos (por qué no decirlo), pero también nuevas alegrías, nuevos desafíos y, sin duda, nuevas satisfacciones. Y más aún si se logra involucrar a buenos y viejos compañeros para que viajen de nuevo con nosotros.

Y al final, cuando un proyecto profesional acaba, sólo queda recoger los trastos, pedir disculpas si alguien se ha sentido en algún momento ofendido, dar las gracias por lo vivido e invitar a los verdaderos amigos (¡vosotros sabéis quienes sois!) a que nos acompañen en el nuevo camino a Ítaca…

«Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar»

Antonio Machado, poeta español (1875-1939)

Macrogestión y Microgestión en la Sanidad Pública: ¿caminos divergentes?

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Suele dividirse el estudio y aplicación real de la ciencia de la Economía en dos grandes ramas: la macroeconomía y la microeconomía. Esta distinción, más allá de la semántica, refleja la existencia de dos grandes áreas que estudian los mismo aunque desde enfoques distintos. La macroeconomía es la parte de la economía que se encarga de estudiar el funcionamiento económico en general, así como las políticas económicas que se llevan a cabo en grandes escala, por ejemplo en un país. La microeconomía es la parte que se encarga del comportamiento de cada agente económico de forma individual, como pueden ser las familias, las empresas o los trabajadores. La relación entre ambas es estrecha y generalmente, cuando se habla de macroeconomía también se hace referencia a la microeconomía. Si hay una mejora en los indicadores macroeconómicos, esta es el resultado del comportamiento microeconómico. Sin embargo, en muchas ocasiones, sobre todo en circunstancias de crisis económica, existe un aparente divorcio entre ambos conceptos. No es raro escuchar que, pese a la mejora de los índices macroeconómicos, la sensación subjetiva sigue siendo de crisis debido a que estas mejoras no se han trasladado, al menos de manera palpable, al ámbito microeconómico y la percepción general es que la situación mejora cuando el avance de la macroeconomía se traduce en mejoras sustanciales y tangibles en la microeconomía.

Al igual que sucede con la Ciencia Económica, los recientes acontecimientos vividos por la Sanidad española a cuenta de la aparición de un caso de infección por virus de Ébola en España (aunque no exclusivamente…), han puesto de manifiesto una situación similar en lo que podría, por analogía, clasificarse como macrogestión frente a microgestión. Este concepto ya ha sido reflejado por distintos investigadores. La Sanidad, y más aún la Sanidad Pública, permite identificar perfectamente ambas ramas, tanto la macrogestión de los grandes asuntos sanitarios como la microgestión clínica del día a día en los distintos componentes de nuestra Sistema Público de Salud.

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En este contexto, no deja de ser llamativo que se exija los responsables de la macrogestión, con toda la razón y derecho, una absoluta transparencia en sus actuaciones y una constante y exhaustiva explicación de sus decisiones y que, sin embargo, algunos de los mismos que lo exigen muestren una preocupante tendencia a la opacidad en cuanto a sus propias responsabilidades en la microgestión de sus propios recursos. Es, hasta cierto punto, frecuente (y preocupante) el hecho de reclamar no sólo el reconocimiento público de los errores cometidos, sino también exigir una petición expresa y pública de perdón por ellos acompañado de la inmediata asunción de responsabilidades por los altos cargos responsables de la macrogestión de la Sanidad, lease Ministros, Consejeros o Gerentes, en forma de cese o dimisión inmediata en su cargo, mientras que los problemas de la gestión diaria de la Sanidad, de la gestión de Servicios, de la microgestión son, si no ocultados si minimizados y, por supuesto, sin toda la parafernalia acompañante. Por supuesto que toda generalización es, por definición, incorrecta y probablemente injusta. Pero no es menos cierto que denunciar públicamente lo que no funciona o no se hace bien debiera de ser una obligación para todos. E igualmente, la misma exigencia que se tiene ante los responsables de la macrogestión en Sanidad se debe tener con aquellos que los son de la microgestión, con independencia de que la magnitud absoluta de su labor de gestión sea diferente. Existe en inmenso reparo a poner en práctica las mismas medidas de transparencia e información que se reclaman para la macrogestión en todo lo que atañe a la microgestión, incluyendo la autocrítica y la asunción de responsabilidades por los (micro)gestores. Muchas veces, demasiadas tal vez, da la impresión que macrogestión y microgestión, en la Sanidad Pública, discurren por caminos divergentes, sin apenas relación entre ambas. Se conocen y analizan hasta el más mínimo detalle todos los fallos y errores que han podido cometer los encargados de la macrogestión sanitaria pero, sin embargo, no parece existir el mismo interés en desvelar y analizar con la misma profundidad los vericuetos de la microgestión en Sanidad. Antes bien, persiste la hispana tradición de no hacer públicas las propias carencias y debilidades en la confianza de que si no se habla de ellas, éstas no existen. Craso error. Del mismo modo que se reclama que aflore toda la mediocridad de los encargados de la macrogestión sanitaria, y que paguen por la misma, se debe poner de relieve, cuando sea preciso, la mediocridad que también existe en áreas de microgestión.

Porque, al igual que sucede con la Economía, sólo cuando mejoren ambas, y no exclusivamente la macrogestión, mejorará nuestra maltrecha Sanidad Pública. Y es que, acallar el niño que lo denuncia a voces no hace que el Emperador deje de estar desnudo…

«Quien se enfada por las críticas, reconoce que las tenía merecidas»
Cayo Cornelio Tácito, historiador y orador romano (54-120)

Más de 100 años de Radioterapia contra el Cáncer de Mama…

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El descubrimiento de los rayos X por W. C. Röntgen en 1895 y del radium por el matrimonio Curie en 1898 abrió un nuevo camino a la humanidad. Uno de los aspectos que más se ha beneficiado de ambos descubrimientos ha sido la Medicina y, especialmente, el tratamiento del cáncer. Desde el mismo momento de su descubrimiento, radiación y cáncer han ido íntimamente unidas en estos más de 100 años transcurridos. Actualmente, más de dos tercios de todos los pacientes diagnosticados de cáncer precisarán de radioterapia en algún momento de la evolución de su enfermedad. En más de un 40% de los pacientes curados de un cáncer, la radioterapia ha tenido un papel destacado, y un 16% de las curaciones del cáncer es directamente atribuible a la radioterapia de manera exclusiva. Y el cáncer de mama, el más frecuente en mujeres, responsable de más de una cuarta parte de todos los cánceres, ha sido uno de los más beneficiados. La gran mayoría de mujeres diagnosticadas de cáncer de mama recibirán radioterapia como parte de su tratamiento curativo: todas aquellas en las que se realice una cirugía conservadora de la mama y una gran parte de las que sean sometidas a una mastectomía.

La relación entre la radioterapia y el cáncer de mama es casi tan antigua como el descubrimiento de los efectos de la radiación ionizante. Estos más de 100 años de historia común están jalonados por los nombres de aquellos que crearon la radioterapia para el cáncer de mama, de médicos y cirujanos que dedicaron su esfuerzo y afán, incluso su vida, al tratamiento del cáncer de mama. A todos estos pioneros les debemos reconocimiento en este día dedicado al Cáncer de Mama.

Y aunque todos fueron importantes, Emil Hermann Grubbe (1875-1960) es, sin duda, el primus inter pares. Este estudiante de Medicina de Chicago, que pagaba sus estudios trabajando simultáneamente en una fábrica de lámparas de vacío para laboratorios, tuvo la capacidad de relacionar las quemaduras que observaba en sus propias manos tras la manipulación de las lámparas de rayos X con la posibilidad de emplearlos para eliminar, en la medida de lo posible, los tumores. En enero de 1896, R. Ludlam, médico del Hahnemann Medical School donde estudiaba Grubbe, a la vista de los efectos que la radiación había producido en las manos de Grubbe, redactó lo que hoy podemos considerar como “primera petición de interconsulta para radioterapia” para valorar el tratamiento con esta nueva energía de una paciente con un cáncer de mama avanzado. En la mañana del 29 de enero de 1896, Rose Lee se convertía en la primera mujer en recibir radioterapia por un cáncer de mama. En palabras del propio Emil Grubbe: «And so, without the blaring of trumpets or the beating of drums, x-ray therapy was born. […] Little did I realize that I was blazing a new trail . . . little did I realize that this was the beginning of a new epoch in the history of medicine.» Se desconoce el número exacto de sesiones y la dosis administrada, pero se sabe que la respuesta local fue excelente, desapareciendo en gran medida la masa tumoral, aunque la paciente falleció tiempo después por metástasis. La continua manipulación de los rayos X hizo que Emil Grubbe sufriera sus efectos en forma de anemia severa, dermatitis extensa en ambos brazos y el desarrollo ulterior de carcinomas cutáneos que le obligaron a la amputación de su brazo izquierdo en 1929 y que finalmente le condujeron a la muerte en 1960.

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Tan importante como la figura de Emil Grubbe es la Robert Abbe (1851-1928), un cirujano estadounidense especializado en el tratamiento de tumores de la mama y a quien le cabe el honor de haber sido el primero en emplear, en 1904, la otra fuente de radiactividad conocida, el Radium, en el tratamiento de un cáncer de mama. La posibilidad de utilizar el material descubierto por los Curie para el tratamiento del cáncer mediante su encapsulación e inserción dentro de los tumores ya había sido sugerido por Alexander Graham Bell en 1903. La amistad de Robert Abbe con Marie Curie, que le llevó a visitar su laboratorio de París en varias ocasiones, despertó en él el interés por el empleo del radium en el tratamiento tanto del cáncer de mama como de otros tumores, como así atestiguan sus numerosas publicaciones. Años después Abbe fue reconocido como uno de los padres de la radioterapia en los EE.UU.

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Al igual que Abbe en los EE.UU., el cirujano británico Geoffrey Keynes (1887-1982) fue el primero en Europa en reportar su experiencia empleando agujas de radium para el tratamiento del cáncer de mama, irradiando no sólo la totalidad de la mama tras una cirugía conservadora sino también las áreas ganglionares axilar, supraclavicular y de cadena mamaria interna, demostrando un excelente conocimiento de la biología y comportamiento del cáncer de mama.

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Desde estos primeros usos, la radioterapia en el cáncer de mama no ha dejado de evolucionar, perfeccionarse y ampliar su espectro de actuación hasta llegar a nuestros días. Otros muchos investigadores han hecho posible que la radioterapia sea un estándar para el tratamiento conservador del cáncer de mama. En la Europa de entreguerras, Hans Holfelder (1891-¿1944?) era uno de los médicos especializados en el empleo de los rayos X más reputado de Europa. Presidente de la Sociedad Alemana de Roentgenología y profesor y decano de la facultad de Medicina de la Universidad Frankfurt, recibió numerosas distinciones a lo largo de su carrera y merece ser recordado por haber diseñado los campos tangenciales para el tratamiento del cáncer de mama con radioterapia externa, algo que no sólo sigue vigente en la actualidad sino que supone la base de la radioterapia moderna del cáncer de mama.

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En la misma linea que Holfelder, los trabajos de el escoces Robert McWhirter (1904-1994) le llevaron a ser considerado uno de los padres de la moderna radioterapia en el Reino Unido. Colaborador durante años de Ralston Paterson en sentar las bases de la radioterapia como terapéutica del cáncer, McWhirter propuso en los años 40 del siglo XX la realización de mastectomía simple seguida de radioterapia sobre pared, axila, fosa supraclavicular y mamaria interna. La supervivencia a 5 años, un 62%, con esta técnica era comparable a la obtenida con mastectomía radical estándar, demostración indirecta de la eficacia de la radioterapia sobre la enfermedad ganglionar.

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Francois Baclesse (1896-1967), radioterapéuta francés del Instituto Curie, comenzó a mediados de la década de 1930 a tratar pacientes mediante extirpación limitada del tumor y radioterapia de la mama restante, lo que supuso el inicio del tratamiento conservador. A mediados de los 60, Baclese publico sus resultados que animaron a otros investigadores a seguir el camino abierto por el francés.

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A principios de los 80, los grupos liderados por Umberto Veronesi, en Italia, y Bernard Fisher, en EE.UU., publicaron en la misma revista los resultados de dos ensayos aleatorios de fase III comparando el tratamiento de cánceres de mama estadios I-II con mastectomía sola frente a un procedimiento quirúrgico conservador seguido de radioterapia postoperatoria. El tratamiento conservador había llegado para quedarse. Veinticinco años más tarde, los mismos autores publicaron en la misma revista los resultados de los mismos ensayos con 20 años de seguimiento.

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En el último cuarto del siglo XX, la radioterapia ya estaba consolidada como una modalidad estándar en el tratamiento del cáncer de mama, permitiendo que en muchas mujeres se realizará tan solo una extirpación parcial limitada al tumor conservando así la totalidad de la mama. Pero la investigación clínica en el campo de la oncología radioterápica no se ha detenido ahí. Muchos grupos comenzaron en la década de los 90 a plantear la posibilidad de limitar la radioterapia no ya a toda la mama sino tan sólo al lecho tumoral con un pequeño margen, habida cuenta de que la mayoría de recidivas locales parecen en la localización primitiva del tumor o en su inmediata vecindad. Fentiman, Kuske o Polgar son algunos de los oncólogos radioterápicos que pusieron las bases a la irradiación parcial de la mama: ¿evolución o revolución?

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Pero si hay algún avance trascendental en lo que respecta a la radioterapia del cáncer de mama en los últimos años, este ha sido, sin duda alguna, la generalización de esquemas de tratamiento hipofraccionados y acelerados. Con el objetivo de mejorar aún más el tratamiento, acortándolo y haciéndolo más llevadero para las pacientes, muchos investigadores han profundizado en los esquemas de radioterapia hipofraccionada, que reduce la duración total del tratamiento a la mitad, ahorrando tiempo y permitiendo optimizar los recursos existentes. El canadiense Timothy Whelan y el británico John Yarnold representan los mayores abanderados de este avance en radioterapia.

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Gracias a todos ellos, y a la inmensa cantidad de anónimos médicos e investigadores de la radioterapia, que nos han enseñado el camino a los que venimos detrás. Pero la evolución de la radioterapia en el cáncer de mama no termina aquí. Esto es sólo el punto de partida para los nuevos avances y desarrollos que se están ensayando en este momento. El objetivo es claro: conseguir que el cáncer de mama, que afectará a 1 de cada 8 mujeres, no suponga más que una interrupción momentánea en la vida de las mujeres afectadas, sin que tenga que condicionar el resto de su existencia.

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La España de Machado y el Ébola: «de cada diez cabezas…»

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Hace unos días, un presumible aspirante a la presidencia del Gobierno de España manifestaba en una entrevista en un periódico que “el Ministerio de Defensa sobraba” en su concepción de un futuro gobierno. Con independencia de las reacciones que sus declaraciones han suscitado en distintos ámbitos, lo que es cierto es que, para lo que hacen, son muchos los ministerios de este gobierno que sobrarían. Pero si hay uno que se lleva la palma y que se ha ganado su desaparición, y más a la vista de los últimos acontecimientos, es sin dudad el Ministerio de Sanidad. No se puede gestionar peor una situación de alarma social como es el primer caso de contagio por virus de Ébola en España que como lo han hecho los responsables (?) del Ministerio de Sanidad. Cada vez es más evidente que Ana Mato es la peor ministra de Sanidad que hemos sufrido los españoles a lo largo de toda nuestra historia. ¡Y eso que el listón para merecer tal consideración está muy alto! Era difícil que después de albergar ineptas y mediocres de la categoría de Celia Villalobos o de Leyre Pajín, alguien pudiera siquiera aproximarse a su grado de estulticia. Y, sin embargo, Ana Mato lo ha conseguido. ¡Y lo ha superado! Lo peor no es sólo el daño que su ignorancia, falta de reflejos y absoluto desprecio por España y los españoles están haciéndonos, sino que, encastillada en sus errores como política que es, no se plantea lo más obvio y necesario: pedir perdón, dimitir e irse. Claro que tan responsable de esto es ella como el mediocre que la mantiene en el cargo, quizás por no asomarse a lo que le aguarda, considerando sus habilidades… Muchas opiniones son las que sostienen que primero hay que centrarse en resolver la crisis del Ébola y que ya habrá tiempo después de exigir responsabilidades y dimisiones. Discrepo con ellos, ya que no son actitudes incompatibles. ¡Y cuanto mejor nos iría si, además de afrontar esta situación con calma y profesionalidad, lo hiciéramos guiados por alguien capacitado y honesto en sus formas y desempeños…!

Desgraciadamente, en España es siempre primero la opinión, cuanto más vocinglera mejor, y luego ya, si eso, la información. En lugar de analizar problemas y comportamientos, nos empeñamos siempre en buscar culpables.

Aunque siempre ha estado presente en el inmanente español, nunca como ahora es aplicable la sentencia de Antonio Machado: “En España, de cada diez cabezas, nueve embisten y una piensa”. En esta crisis nuestra del Ébola, muchas más que nueve cabezas embisten, pero basten unas cuantas:

  1. Embisten quienes acusan a las autoridades sanitarias del flagrante delito de “haber traído el Ébola a Europa”,  tachándolas de asesinas (y deseando incluso su muerte) e ignorando tanto las recomendaciones de la OMS acerca de la repatriación de enfermos como la evidencia de otros pacientes con Ébola que han sido repatriados para ser tratados en Francia, Reino Unido, Alemania o Noruega. Como siempre, es más fácil opinar que informarse…
  2. Embisten los responsables de un Ministerio que, despojado de la mayoría de sus competencias por la nefasta división en 17 paisitos de España, tan solo es responsable de atender situaciones como la creada y aún así, se muestra totalmente incapaz. Es vergonzoso que no se disponga en España de un solo centro estatal especializado en atender epidemias (a ejemplo de los CDC’s estadounidenses) y que se tenga que recurrir a reabrir un centro autonómico desmantelado. ¿Por qué no se ha planteado siquiera utilizar las instalaciones, por ejemplo, del Hospital Central de la Defensa, dependiente del estado central y que se supone está preparado para emergencias NBQ? ¿Acaso es que tampoco lo está o es qué existe alguna otra razón?
  3. Embiste, y como un auténtico cabestro, el Consejero de Sanidad de la CAM, quien se jacta de ser médico y acusa sin pudor a una paciente de “mentir a su médico” o de “no estar tan mal porque se fue a la peluquería”. El mismo que, como muchos de sus compañeros, debiera estar ya jubilado y alardea de su facilidad para ponerse un Equipo de Protección Individual (EPI). ¡Ánimo, Dr. Rodríguez, que muchos compañeros suyos estamos deseando comprobar sus habilidades!
  4. Embisten quienes nos han forzado a la nauseosa y despreciable politización que impregna toda actividad de la vida diaria de los españoles. La recua de políticos que tenemos la desgracia de soportar todos los españoles de bien ha conseguido que cualquier situación, cualquier problema o cualquier coyuntura sean siempre analizadas y visualizadas bajo el prisma de la ideología política.
  5. Embisten los medios de comunicación, para los que las noticias son buenas o malas en función del sesgo ideológico bien de su protagonista (o de su víctima) o bien de quien lo relata. Y esos empeños bastardos en politizarlo todo son los polvos de los que ahora vienen los lodos hediondos que nos envuelven, y que nos impiden reconocer lo que una vez fue la objetividad y distinguir la información de la mera opinión. Y lo más triste es que la opinión, que se supone libre e independiente de muchas personas de bien, se contamina por esta deprimente polarización ideológica.
  6. Embisten los que achacan sin sombra de duda cualquier problema a un error del procedimiento establecido, sin afrontar la más mínima autocrítica y despreciando por completo la posibilidad del fallo humano. Todos los procedimientos pueden tener errores, pero en la mayoría de ocasiones el fallo final está motivado tanto por la suma de errores en el protocolo junto con el error humano, como bien explicó J. Reason con su modelo del queso suizo para explicar los accidentes y fallos de seguridad.
  7. Embisten quienes se empecinan en defender un modelo perverso de 17 sanidades distintas que son incapaces, ninguna de ellas, de encarar una crisis de estas características. Si mala es la gestión de la Sanidad Madrileña, que desmantela un centro específico sin prever su utilidad futura, ¡qué decir del resto de paisitos donde ni siquiera existe la opción de tratar pacientes con este tipo de enfermedades con una mínima garantía! De otro modo, no se entiende que no hayan ofrecido sus infraestructuras para atender a estos pacientes a la vista del caos generado en la Comunidad Autónoma de Madrid
  8. Embisten todos los exaltados defensores de la vida de un perro que ni siquiera se han tomado la molestia de revisar la literatura científica existente acerca del posible papel de estos animales, los perros, en una infección por Ébola. Resulta vergonzoso el aquelarre organizado en torno a este desgraciado animal pretendiendo también utilizarlo como ariete de una repugnante histeria política. De nuevo, primero gritar y luego informar…
  9. Y finalmente, embisten todos aquellos “profesionales” que, en palabras de Elvira González, vicesecretaria provincial del Sindicato de Auxiliares de Enfermería (SAE), “se han negado a trabajar con enfermos de Ébola” alegando que las condiciones de seguridad no son las adecuadas. Además del desprecio que supone al compromiso adquirido con su profesión, se desestima de nuevo cualquier esfuerzo por conocer realmente que son, para que sirven y cuales son las recomendaciones sobre EPI de, por ejemplo, los CDC o la OMS y se opta por dar pábulo a cualquier rumor o pseudo noticia, más o menos interesada, antes que recabar una adecuada información

Afortunadamente, en medio de todo este esperpento también existen ejemplos de esa décima cabeza que piensa y que intenta poner algo de cordura: en lo que es el Ébola y su gestión, sobre su prevención, con respecto a los protocolos y la seguridad clínica o en relación con los equipos de protección individual.

«Lo peor no es cometer un error, sino tratar de justificarlo en vez de aprovecharlo como aviso providencial de nuestra ligereza o ignorancia.»

Santiago Ramón y Cajal, Premio Nobel de Medicina y Fisiología (1852-1934)

 

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