Retribución variable en la Sanidad Pública: ¿amenaza u oportunidad?

retribucion1

El Grupo Parlamentario Popular y el de UPyD en el Congreso de los Diputados han propuesto, dentro de la Subcomisión para el análisis de los problemas estructurales del sistema sanitario, que los profesionales sanitarios tengan variables en su retribuciones «en función de lo que se es, se hace y los resultados que se obtienen», para lo que se debería medir su productividad, índices de satisfacción y calidad del servicio prestado. Esta Subcomisión fue creada en marzo de 2012 y durante un año y 8 meses ha analizado los problemas de la sanidad en España y las reformas que se deben acometer. Fruto de sus trabajos, se ha elaborado un documento sobre el futuro de la sanidad que incluye, además de lo citado, recomendaciones como “favorecer que el profesional gane protagonismo, reconocimiento y autonomía en la gestión clínica” o “desarrollar la colaboración con la iniciativa privada, procurando la optimización de los recursos del sistema público”.

De inicio, la propuesta de la Subcomisión de apostar por una retribución variable parece sensata e, incluso, deseable. ¿A quién no le apetece cobrar más si su trabajo es mejor? O, dicho de otra manera, ¿es lógico cobrar todos por igual con independencia de la calidad del trabajo realizado?, ¿es razonable que se valore igual a los que hacen mucho y mejor que a los que hacen poco y peor? Sin embargo, algo que pudiera parecer tan lógico ha generado una importante polémica entre los médicos y un animado debate en las redes sociales. Llama la atención que, aparentemente, son más los que se oponen de entrada a esta medida que los que la contemplan como algo que merece la pena considerar. Desgraciadamente, esto parece ser un nuevo reflejo de la concepción que de la Sanidad Pública tiene la casta gerontocrática y burocrática, que se resiste a cualquier mínima posibilidad de cambio en su statu quo con independencia de que pudiera o no resultar beneficioso. Un sistema que contemple una retribución variable es un avance para todos aquellos que demandamos cambios en la Sanidad Pública y que apostamos decididamente por un sistema público basado en profesionalización, meritocracia y laboralización. Da la impresión de que lo que subyace es el miedo a hacer públicos unos resultados que, por la propia concepción de la sanidad, debieran serlo desde el inicio. Parece increíble que en España no se puedan conocer y hacer públicos los resultados que los médicos obtenemos en nuestra actividad diaria. A nadie se le escapa que en otros ámbitos de la vida exigimos siempre un conocimiento de resultados, fiabilidad, pros- y contras de cualquier producto que pretendemos adquirir. Y con más razón debiéramos exigir su conocimiento en todo lo que atañe a la salud. Una medida tan simple como contemplar la retribución en función de lo que se hace y como se hace permitiría una autoevaluación continua, un conocimiento constante de las fortalezas y debilidades propias y tomar todo ello como punto de referencia para mejorar en la atención.

Algo aún tan en pañales en España, es ya una realidad en otros países de nuestro entorno. En el Reino Unido se pueden consultar desde junio de 2013 las tasas de mortalidad y morbilidad en determinados procedimientos quirúrgicos. La medida, que generó muchas críticas, ha demostrado algo ya conocido: que los cirujanos que menos intervenciones realizan, son los que obtienen peores resultados. Y este hecho, y más en el contexto de un área sanitaria única como sucede en la Comunidad de Madrid, concede a los pacientes la opción de poder elegir que cirujano o equipo quirúrgico desean que les intervengan a tenor de los resultados publicados. Por otra parte, las propias Sociedades Científicas del Reino Unido han reconocido que estas auditorias contribuyen a disminuir la morbi-mortalidad de los procedimientos y a mejorar los estándares de calidad.

¿Y en España, qué? Retribuir en función del trabajo realizado y de los resultados obtenidos es la mejor manera de discriminar a los mediocres, siempre y cuando se contemple dentro del trabajo no sólo la labor meramente asistencial, sino también las labores docente e investigadora que conforman la actividad médica. Y aquí es, probablemente, donde esté el mayor escollo para desarrollar esta medida. ¿Quién y cómo se va a evaluar la actividad?, ¿qué parámetros se van a considerar?, ¿qué grado de participación vamos a tener los médicos en estas auditorias?, ¿cómo se van a publicitar los resultados?…

Pero quizás, con medidas de este tipo que busquen mejorar la calidad de la atención médica, consigamos que la Sanidad Pública mejore en las clasificaciones internacionales, como proporcionada por el Euro Health Consumer Index 2013. Este Índice se obtiene a partir de datos de estadísticas públicas, encuestas a pacientes e investigaciones independientes, y pretende establecerse como una herramienta para evaluar los sistemas sanitarios modernos. En su última edición recientemente publicada, España aparece en el puesto 19 de los 35 países analizados (a pesar de todos los que proclaman que es “la mejor Sanidad de Europa”), por detrás de los países más avanzados de Europa y por delante tan solo de países como Macedonia, Hungría, Albania, Bulgaria, Malta,…, e Italia. ¿Es para estar orgullosos y no querer cambiar nada?

 eurohealth2

Bajarnos y tirar del carro…

carro

Tras un animado e interesante debate acerca de lo que los médicos debemos hacer para intentar el cambio y la reforma que nuestro sistema tanto necesita, la doctora Ana de Pablo, con quien reconozco me gusta debatir ya que es una de las cabezas mejor amuebladas que he encontrado en la red, apunta con este dibujo suyo la necesidad de que “toca bajarse del carro y tirar entre todos” para buscar una solución a la Sanidad Pública.

Y no puedo estar más de acuerdo. Sin embargo, esta saludable iniciativa plantea varios interrogantes. Lo primero, saber hacia donde queremos tirar. ¿Queremos ir por la senda, ya muy trillada, del modelo actual?, ¿tirar para mantener el actual statu quo, con sus virtudes, pero también con todos sus enquistados defectos?, ¿tirar para mantener y perpetuar situaciones de discriminación como las que hoy día son flagrantes en nuestra Sanidad? Si es para eso, probablemente muchos bajemos, pero desgraciadamente para abandonar el carro… Pero si por el contrario queremos cambiar lo que no funciona, eliminar la ineficiencia y la mediocridad existentes, apostar por el reconocimiento del esfuerzo y de los méritos y reformar todo lo necesario para conservar y mejorar nuestro sistema, entonces muchos nos unciremos en primera linea de tiro. Quizás si prescindimos de todo esto sobrante, si nos libramos de lo que nos lastra, el carro sería más fácil de arrastrar. La decisión es nuestra, pero conviene que lo vayamos decidiendo.

Pero no sólo es necesario bajarse y tirar. También necesitamos no olvidar nuestras deficiencias. Es preciso recordarlas siempre, aún en los momentos de regocijo tras las pequeñas o grandes victorias que se consigan. Siempre debe de haber alguien que, a semejanza de lo que tenía por costumbre hacer el rey persa Darío, mantenga e insista, aún a costa de ser repetitivo, en este recuerdo. Darío, que vivió entre los siglos V y V a. C., fue un extraordinario guerrero y gobernante. Sus poderosos ejércitos extendieron su imperio entre Europa y el este de Asia, y su olfato y pericia política le permitieron gobernar y engrandecer sus vastos territorios. Sin embargo, aún en medio de su grandeza, no podía olvidar la derrota que los atenienses le habían infligido en la batalla de Maratón. Para recordarlo siempre dispuso que uno de sus servidores tuviera como única misión seguirlo a todas partes, inclusive en los grandes festines de la corte, para decirle al oído, incluso cuando en los momentos más alegres: «acuérdate de los atenienses», evitando así que sus conquistas le hicieran olvidar sus fallos y defectos y la necesidad de porfiar para acabar con ellos.

Porque si olvidamos lo que necesitamos cambiar y mejorar, corremos el riesgo de ir, como dijo el mejor Marx (Groucho) “de victoria en victoria hasta la derrota final”

Pero… ¿hubo alguna vez once mil jueces?

jueces1

Dentro de la espiral de deterioro en la que estamos inmersos todos los españoles y que se extiende como una mancha de aceite afectando todas las estructuras del país, uno de los casos más preocupantes es, sin duda, el desprestigio creciente de la Judicatura en España. Asistimos, desgraciadamente no puede decirse que sorprendidos, a la degeneración de uno de los pilares básicos de la convivencia como es el respeto por las leyes y la justicia y por quienes son los encargados de administrarla. Cada vez es más frecuente observar sentencias que parecen, o directamente lo son, dictadas más con un criterio ideológico, el que sea, que con verdadero respeto por la ley. Muchos jueces, afortunadamente no todos (aún), parecen más cómodos guiándose por su particular ideología aunque ello represente en ocasiones una flagrante incoherencia ante los hechos juzgados. Sea porque en demasiadas ocasiones los jueces son directamente nombrados por la escoria política dirigente para su cargo, o sea porque anida en ellos la ambición de hacer carrera rápida y fácilmente y por tanto se pliegan sin reparo a las indicaciones del poder de turno, causa pavor y vergüenza leer algunos de sus, nunca mejor llamados, fallos. En los últimos meses asistimos, cada vez con mayor indiferencia, a la catarata de despropósitos que, en forma de sentencias, vierten muchos de nuestros jueces. Fallos que parecen con demasiada frecuencia motivados por el talante ideológico de aquel que debiera juzgar en imparcialidad. Sentencias y dictámenes como los del GAL, Filesa, 11-M, Malaya, Camps y Gürtel, Bárcenas, Faisán y más recientemente Prestige, han lanzado al estrellato a no pocos jueces ávidos de relumbrón. Y lo malo no es solo la despreciable actitud de este grupillo de arribistas, sino el tono partidista de los llamados medios de comunicación que, abandonando su tan manifiesta independencia, han tomado partido claramente por unos u otros en función siempre de sus simpatías ideológicas. Y en este contexto nos encontramos con que ahora existen jueces “buenos” y “malos” de acuerdo no sólo a lo acertado o no de sus sentencias sino, principalmente, a lo acertado o no de su ideología para el periodista, pseudoperiodista u opinador correspondiente. Y así, estos irresponsables han logrado que una institución que debiera ser garante de nuestras leyes y de nuestras libertades se convierta en un elemento más de confrontación y bandería, cual si de fanáticos futboleros se tratara. Pero lo peor de todo es que hemos comprado esa mercancía.

Todo esto es especialmente llamativo por lo que atañe a la situación de la Sanidad Pública madrileña. Tras más de un año el único avance tangible ha sido el empeño de algunos en judicializar el conflicto. En los últimos meses han proliferado las sentencias de diferentes salas, ora dando la razón a los demandantes, ora a la Consejería. La nauseosa politización de cualquier reivindicación a la que hemos sido conducidos consciente o inconscientemente los médicos ha permitido el atrevimiento de afirmar sin rubor que algunas de las decisiones judiciales que se han tomado lo han sido (o lo serán) “por los innegables vínculos político-familiares del juez”. Se lanza en los medios la acusación de prevaricación y no pasa absolutamente nada. Y todo ello aplaudido y jaleado por los palmeros mediáticos de ideología contraria a la del Gobierno regional a la par que criticado y desmentido por los medios cuya ideología coincide con la del Gobierno regional. Y lo malo para los médicos es que, si aceptamos estas premisas, debemos aceptar también la posibilidad de que todas aquellas sentencias que aparentemente nos han beneficiado lo han sido, no por la justicia de su reclamación, sino por la ideología militante del juez responsable del fallo. ¿Y es esto lo que buscamos…?

En esta España cada día más corrupta y enlodada, donde la degradación de las instituciones del estado es cada vez más evidente, donde la podredumbre aflora allá donde miremos y en la que es ya imposible ocultar el deterioro de nuestra Justicia y de los encargados de administrarla, resulta muy apropiado preguntarse, parafraseando al gran Jardiel Poncela, “pero… ¿hubo alguna vez once mil jueces?”

 «Muchos jueces son absolutamente incorruptibles; nadie puede inducirles a hacer justicia.»

Bertolt Brecht, dramaturgo y poeta alemán (1898-1956)

 

Año I: Los Médicos y la Oportunidad (¿perdida?) de un Cambio Necesario

crisis

En el idioma chino, la palabra “crisis” (危机, weiji), se compone de dos ideogramas: Wēi (危) que se traduce como “peligro” o “amenaza” pero también de Jī (simplificado: 机, tradicional: 機) que se puede traducir como “punto crucial” u “oportunidad”. Dicho de otra manera, toda crisis engloba en si misma una oportunidad de ruptura y cambio que puede suponer un avance significativo si se sabe aprovechar adecuadamente.

ideograma

Hace poco se ha cumplido un año desde que la Consejería de Sanidad de la CAM anunciara su plan privatizador de 6 Hospitales públicos y varios Centros de Salud, plan que en este momento se encuentra sub iúdice tras la paralización cautelar decretada por un auto del TSJM. La oposición al plan privatizador de la CAM logro inicialmente unirnos en su contra a la casi totalidad de los médicos que trabajamos en la Sanidad Pública madrileña en una gran #mareablanca, pero pasados los primeros momentos una cuestión emerge cada vez con más fuerza: ¿unirnos?, ¿para qué?, ¿para defender a ultranza el actual statu quo?, ¿o para aprovechar realmente la oportunidad que encierra cada crisis y propiciar un más que necesario cambio en el sistema? Desgraciadamente, parece que los médicos hemos concentrado todos nuestros esfuerzos en defender el estado actual del sistema, en “quedarnos como estábamos”,antes que en intentar aprovechar la fuerza generada para cambiar un sistema caduco que pide a gritos un cambio radical para evitar su desaparición, que lamentaríamos tanto nosotros como las generaciones venideras.

Desde un primer momento he mantenido que la raíz del problema de nuestra Sanidad Publica no estaba sólo en las intenciones privatizadoras de la Consejería de Sanidad de la CAM, sino que estas eran más bien las consecuencias de una pésima gestión del modelo de Sanidad Pública. Hace unos meses escribí una entrada en este blog (“Sí se puede pero, ¿queremos?”) acerca de los cambios que, al menos en mi opinión, deberíamos promover si queremos mantener una Sanidad Pública de calidad. Pero, sin embargo, ¿qué hemos hecho durante todo este tiempo?

  • Hemos obviado por completo realizar una imprescindible autocrítica de nuestras actuaciones. No somos capaces de considerar que nuestro sistema exige una labor de limpieza, de eliminación de la mediocridad que lo invade, de acabar con la burocracia que lo atenaza. Que es necesario establecer medidas serias que permitan eliminar el despilfarro, la corrupción o la ineficacia, que existen en el Sanidad Pública aunque muchos prefieran ignorarlo (ellos sabrán por qué…).
  • No hemos sido capaces de presentar alternativas creíbles, más allá de la frustrada intentona del autodenominado “colectivo de los 600 Jefes de Servicio”, y cuyas propuestas, algunas realmente peculiares por decirlo de alguna manera, desaparecieron de la circulación en cuanto éstos notaron el aliento de la “jubilación forzosa a los 65 años” en su nuca. A partir de ese momento, ni una significación, porque ya se sabe que “el que se mueve no sale en la foto” (del 30% de prolongaciones…).
  • Hemos rechazado, muchas veces sin ni siquiera conocerlas en profundidad, opiniones que buscaban ofrecer alternativas y buscar soluciones que permitan la supervivencia y el avance del sistema. Opiniones que han provenido desde múltiples ámbitos, algunas bien intencionadas, otras disparatadas, pero que merecían algo más que el enrocarse en una defensa de un modelo agotado. Y lo peor de todo es que aquellos que han mostrado discrepancias frente a esta defensa numantina han sido tachados en muchas ocasiones poco menos que de “colaboracionistas” o de estar a favor de los planes privatizadores de la Consejería. Y nada más lejos de la realidad.
  • Nos hemos arrojado, posiblemente sin pensarlo demasiado, en brazos de partidos políticos y sindicatos. Y conviene recordar que esos partidos que hoy dicen defendernos en Madrid son los mismos que en otras comunidades autónomas, donde gobiernan, mantienen una situación de deterioro y precariedad en la Sanidad Pública cuanto menos similar a la que aquí dicen combatir. Y que decir de esos sindicatos, que ahora se vanaglorian de defendernos pero que en el año 2006 no tuvieron ningún reparo en contribuir a la discriminación laboral y económica de parte de los médicos de la Sanidad Pública avalando con su firma el actual Modelo de Carrera Profesional. ¿Y en éstos confiamos para solucionar nuestra crisis?
  • Demonizamos actitudes como el “ánimo de lucro”, muchas veces sin conocimiento de lo que significa en realidad y sin ser conscientes de las repercusiones que para otros compañeros que trabajan, y excelentemente en muchos casos, en sistemas distintos de la Sanidad Pública. Han proliferado las opiniones que se han permitido el dudoso lujo de cuestionar tanto la calidad de su trabajo como de sus intenciones, incluyendo a todos por igual en el imaginario saco creado del “ánimo maligno de lucro”.
  • Finalmente hemos cometido el que, a juicio de muchos, es uno de los mayores errores que se puede cometer actualmente en España: hemos judicializado nuestro problema. Fiar todo hoy en día a la decisión de unos jueces es, cuanto menos, arriesgado. Y aún abundando en España jueces honrados, ejemplos de sentencias guiadas por criterios políticos no faltan: GAL, Filesa, Bárcenas, Gómez de Liaño, Garzón, 11-M, Blesa, Malaya, doctrina Parot,… Creemos y defendemos que los jueces nos darán la razón “porque nuestra causa es justa y ellos son honestos”. Y así ha sido mientras han sentenciado en contra de los intereses de la CAM. Eso sí, en cuanto un juez ha tomado una decisión, discutible pero ajustada a la legalidad vigente, que nos parece contraria han surgido infinidad de voces afirmando, sin rubor alguno, la manifiesta parcialidad del juez y sus innegables lazos político-familiares que, sin dudad alguna, “le incapacitan claramente para administrar justicia en este caso”. Este es el concepto de justicia que tenemos en España: cuando nos dan la razón, es porque “es lo justo” y cuando sentencian (o incluso antes) en contra, es porque “prevarican porque están vendidos al poder de turno”. Las últimas declaraciones de la portavoz de AFEM así lo atestiguan: “La justicia debe actuar con responsabilidad y conciencia social…» ¿Y si falla en contra es que es irresponsable y no tiene conciencia social? Con esta concepción de la justicia, ¿dónde queremos ir?

Pero, ¿y si en todo esto existiera la oportunidad que estamos buscando para el cambio?, ¿y si estuviéramos desaprovechando la ocasión para afrontar, de una vez por todas, las reformas que llevan tanto tiempo demorándose?

  • Tenemos la oportunidad de apostar, con la evidencia de los hechos y no sólo con las palabras, por un sistema que verdaderamente prime la meritocracia sobre la gerontocracia o el amiguismo, que se cimente sobre los mejores y saque del sistema a los peores y a los que se aprovechan del sistema en su propio beneficio.
  • Tenemos que defender la profesionalización de la gestión, pero a todos los niveles. No basta sólo con que el Gerente o el Director Médico lo sean y dejen de ser nombramientos “políticos”. También es necesario que lo sean los cargos intermedios, los Jefes de Servicio y de Sección, abandonando el sistema de designación actual basado, muchas veces, en tribunales constituidos “ad hoc” que premian gerontocracia/burocracia sobre auténtica meritocracia.
  • Debemos luchar contra la discriminación laboral y retributiva existente en el actual modelo de Sanidad Pública, que mantiene eventuales contratados de manera cuasi perenne (¡llegando incluso a la perversión de denominarlos “eventuales estructurales”!). Sorprendentemente, surgen ahora voces que claman contra la “doble escala salarial” que podría haberse aplicado en los hospitales privatizados. Sorprendentemente porque algunas proceden de Jefes y ex-Jefes de Servicio o Sección, con muchos años de profesión, y a los cuales nunca se les había escuchado previamente protestar contra es “doble escala” a la que estaba y continúa estando sometida la plantilla con contrato eventual en sus propios Servicios. Será que ahora sí podía considerarse discriminatoria la “doble escala salarial”…
  • Y tenemos la oportunidad de intentar el cambio proponiéndole a la administración medidas reales. Medidas que supongan de verdad una oportunidad de mejorar la Sanidad Pública. Medidas prácticas como las propuestas hace ya más de 20 años en el Informe Abril, por ejemplo. Medidas que incluían favorecer la meritocracia y la retribución por objetivos, la competitividad intercentros, aumentar la profesionalización y responsabilidad en la gestión a todos los niveles (también en los mandos intermedios), introducir mecanismos de copago,… Medidas que sin duda aportarían aire fresco y una nueva ilusión a un sistema tan cerrado como el nuestro actual y que permitirían aumentar la motivación personal, optimizar los recursos públicos y, probablemente y como una consecuencia derivada de las mismas, optimizar la gestión de la Sanidad Pública. Medidas que, por otro lado, ya se aplican en otros modelos de Sanidad Pública como el de los Países Bajos, considerada en 2012 la mejor Sanidad Pública de Europa (ranking en donde España aparece en el puesto 24 de los 34 países analizados…)

Con todo, podría pensarse que tras un año de batalla y #mareablanca, y habiendo parado el primer golpe, los médicos habríamos entendido la necesidad de cambiar y evolucionar para mejorar. Pero pese a todo esto, ¿qué hemos ofrecido los médicos para asegurar la supervivencia de la Sanidad Pública? La última manifestación de quienes dicen representarnos consiste, tan solo, en una Carta a los Médicos Madrileños donde brillan por su ausencia cualquier mínimo atisbo de autocrítica o de propuestas reales para el cambio y la mejora. Pero lo que es cierto que cada vez somos más los médicos que estamos convencidos de la necesidad de reformar todo el sistema desde dentro, cambiándolo radicalmente para que siga siendo lo que siempre ha sido, un referente en la Sanidad Pública, sin necesidad de que empresas ajenas se hagan cargo de la misma. Y que estamos dispuestos a luchar por liberarnos de toda la grasa mediocre que le sobra al sistema y por buscar un futuro común que nos permita poder seguir desarrollando nuestra labor con la máxima calidad, pero también con renovada ilusión en nuestro esfuerzo. Pero es cierto que aún no somos bastantes, y que nos enfrentamos no sólo a unos políticos ignorantes e inútiles, con un desconocimiento tremendo de la realidad, sino también a un sistema gerontocrático y burocrático rígido que se resiste a renunciar a sus privilegios y a modificar, en manera sustancial, su statu quo adquirido, y que intenta, por todos los medios, involucrarnos a la mayoría en su defensa. En nuestras manos esta la oportunidad de aprovechar esta crisis para el cambio…

 “Las masas humanas más peligrosas son aquellas en cuyas venas ha sido inyectado el veneno del miedo… del miedo al cambio”

Octavio Paz (1914 – 1998), poeta, escritor y diplomático mexicano

 

La ruleta rusa de la judicialización de la Sanidad Pública

jueces

Después de casi un año de movilizaciones contra el plan privatizador de la Consejería de Sanidad de la CAM, la situación de la Sanidad Madrileña lejos de solucionarse se complica cada día que pasa.

Hace unos meses publiqué una entrada en este mismo blog con respecto a la cada vez mayor judicialización de la Sanidad Pública. A día de hoy, esta situación no sólo no se ha resuelto sino que se complica todavía más. Ayer se conoció la decisión tomada por parte del presidente de la Sala de lo Contencioso del Tribunal Superior de Justicia de Madrid (TSJM) de aunar en una sola Sala la decisión acerca de todos los recursos planteados contra el plan de privatización sanitaria. Esta decisión, legal por completo, se ha visto empañada por la circunstancia de que el susodicho presidente de Sala es marido de una Consejera de un Gobierno autonómico del Partido Popular, el mismo partido que detenta el Gobierno en la CAM. Casi de manera inmediata a conocerse esta resolución se alzaron voces contrarias a la misma acusando, de manera más o menos velada, al Juez de “potencial ánimo prevaricador” y de “tener intereses personales relacionados con el asunto a juzgar”.

Desde hace tiempo vengo sosteniendo que los médicos nos hemos equivocado al pretender fiar la resolución de nuestros problemas a la decisión de uno o diferentes jueces. Conociendo como funciona la Justicia en España, confiar en ella es lo más parecido a jugar a la ruleta rusa. Ahí están sentencias como las del GAL, 11-M, Blesa, Camps, Garzón, Malaya, Faisán, etc., que demuestran la peculiar manera de entender la justicia de muchos de nuestros jueces.

Y nos equivocamos aún más cuando, de una manera tan simplista, consideramos que cuando los jueces nos dan la razón lo hacen porque son justos, imparciales y rectos pero que cuando no nos la dan, es porque son ineptos, parciales o corruptos. Y los jueces, desgraciadamente, en España parecería que se guían más por sus afinidades ideológicas que por un estricto sentido de la Justicia, y para muestra vale cualquiera de las sentencias citadas más arriba.

Aún siendo cierto que este juez, si realmente hubiera sentido de la responsabilidad y el deber en España, debiera apartarse de un caso tan politizado como este por su personal relación, no podemos pretender que se convierta en la pantalla que oculte el principal de nuestros problemas.

El peor error que hemos cometido, y que seguimos cometiendo, es no haber sido capaces, en todo un año, de plantear, y liderar, de manera seria, reflexiva y autocrítica, alternativas para el cambio que nuestra Sanidad Pública tanto demanda. Todos somos conscientes de las virtudes de nuestro sistema, pero también de sus defectos. Y todos sabemos que debemos sacudirnos toda esa grasa sobrante, toda la mediocridad ineficiente, si queremos que la Sanidad Madrileña continúe siendo una referencia. Pero, en estos más de once meses, no hemos sido suficientemente atrevidos como para proponer, públicamente, las medidas que muchos, privadamente, reconocemos y reclamamos. Y cuando alguien ha tenido la osadía de hacerlo, ha sido tachado por esa masa mediocre y borreguil que aún existe como “colaboracionista” o de “estar a favor de la privatización». Una vez más, la ceremonia de la confusión interesada que sólo beneficia a esa casta gerontocrática y burocrática que teme perder su privilegiada situación y lucha con denuedo para mantener su particular statu quo.

¿Y si el recurso final del TSJM no nos da la razón, qué hacemos? ¿Continuar recurriendo a instancias judiciales superiores obteniendo ora victorias, ora derrotas, mientras mantenemos el inmovilismo actual y el sistema sigue deteriorándose? ¿O seremos lo suficientemente valientes y atrevidos como para encabezar la reforma y luchar por mantener y mejorar un sistema en el que creemos? Porque hay una cosa clara, ¡Si Se Puede! pero, ¿queremos?

“Cuando un hombre pide justicia es que quiere que le den la razón.” 

Santiago Rusiñol i Prats, pintor, escritor y dramaturgo español (1861-1931)

«Ninguna buena acción queda sin castigo…»

 Imagen1

“CASTIGO A LOS BUENOS

Al borde de un camino que conducía a la aldea había una imagen de madera, colocada en un pequeño templo. Un caminante que se vio detenido por un foso lleno de agua, tomó la estatua del dios, la tendió de lado a lado y atravesó el foso sin mojarse. Un momento después pasó otro hombre por ahí y tuvo piedad del dios; lo levantó y volvió a colocarlo sobre su pedestal. Pero la estatua le reprochó el no haberle ofrendado incienso y en castigo le envió un violento dolor de cabeza.

El juez de los infiernos y los demonios que estaban en ese templo le preguntaron respetuosamente:

         – Señor, el hombre que lo pisoteó para atravesar el foso no recibió castigo y en cambio al que lo levantó usted le proporcionó un fuerte dolor de cabeza. ¿Por qué?

         – ¡Ah! Que no saben ustedes – contestó la divinidad –, ¡que hay castigo sólo para los buenos!”

Elogio de la risa, Zhao Nanxing (1550 – 1627)

Esta fábula, escrita hace más de 4 siglos, refleja como pocas una de las grandes lacras de nuestra sociedad actual. En una sociedad en la que la mediocridad rampa y se enseñorea y la envidia es la virtud nacional, no es nada raro darse cuenta, en algún momento, de que cuanto mejor intención pones en hacer bien las cosas, más críticas te llegan y menos apoyo recibes. O como dijo el gran Billy Wilder, “…ninguna buena acción queda sin castigo…”

Desgraciadamente en España, y en casi todos los ámbitos, se desprecia la meritocracia y se prefiere, por lo general, igualar a todos por abajo. Se acepta mejor pertenecer a una masa aborregada e inane que poseer la iniciativa necesaria para el desarrollo de las ideas, con independencia de que se logre o no el éxito buscado. Así, es habitual la crítica, a veces despiadada, ante cualquier atisbo de desarrollo, en lugar de despreciar a los que ni siquiera tienen el pensamiento de desarrollarse. Hay que anular al que destaca, pero no mediante la superación de sus méritos, sino por eliminación de su desempeño. Y así nos va en este país nuestro.

Afortunadamente, aún hay gente que prefiere aguantar los palos que le puedan caer por hacer las cosas bien, por intentar crecer y mejorar. Gente que está dispuesta a pelear, donde y con quien haga falta, por una idea, un proyecto o una ilusión, sin importar el resultado final sino tan solo por estar convencidos de que lo que hacen tiene sentido. Y mientras haya gente así los mediocres continuarán existiendo, por supuesto que sí, pero no lograran imponer su vacuidad.

«La envidia es el homenaje que la mediocridad le rinde al talento»

H. Jackson Brown, Jr

 

Sobre lo ilusorio y lo verdadero…

embajadores

Esta pintura de 1533, “Retrato de Jean de Dinteville y Georges de Selve”, más conocida como “Los Embajadores Franceses”, es obra del pintor alemán Hans Holbein el Joven y representa a Jean de Dinteville, a la izquierda, embajador de Francia en Inglaterra, y a su amigo, Georges de Selve, a la derecha, obispo de Lavaur y que, ocasionalmente, fue embajador de Francia ante el Emperador Carlos V, la república de Venecia o la Santa Sede. Uno de los aspectos más llamativos del cuadro es la extraña figura en primer plano, a veces llamada hueso de sepia, y cuyo significado ha sido discutido durante siglos. Hoy conocemos que se trata de un cráneo muy deformado mediante una técnica denominada anamorfosis, forma extrema de la perspectiva descrita por vez primera en los cuadernos de Leonardo Da Vinci, y que estaba de moda en la Inglaterra de los Tudor. La forma carece de sentido vista de frente pero si uno se aproxima al cuadro por un lado y lo mira desde unos 2 metros, a la altura de los ojos de los embajadores aparece una calavera.

anamorfosis

El contraste de este cráneo con el tema principal de esta pintura nos permite ver de manera visible la verdad invisible que se esconde detrás de la superficie de las apariencias y nos induce a mirar más allá de la superficie y desde una perspectiva diferente con el fin de encontrar la verdad. Cuando se mira el retrato desde el ángulo derecho, es posible ver hermosos detalles y se considera al cráneo como a una sombra. Pero cuando un observador ve el retrato desde el ángulo izquierdo, verá el cráneo oculto, o la verdad, pero los dos hombres y la habitación de lujo será distorsionada y carente de sentido. ¿Cuál es la verdad? ¿Cuál es la ilusión?

Algo similar ocurre, o debiera ocurrir, cuando nos alejamos, aunque sea momentáneamente, de la rutina diaria, como sucede especialmente durante el periodo de vacaciones. Es entonces cuando podemos alejarnos de las miserias de la mediocridad que muchas veces nos rodea y poner la perspectiva en lo auténticamente importante, en lo que conforma el núcleo de nuestra existencia. Después de un curso marcado por la perenne inestabilidad contractual, por el desgaste de una, en ocasiones estéril, pelea por lograr ese cambio real en el sistema que cada día parece más lejano o por la lucha y resistencia frente a los mediocres que pueblan nuestro diario devenir (¡con lo que incordian a veces!), cambiar el punto de visión no puede más que causar alivio y satisfacción. Cuando hemos conseguido alejarnos de todo esto, ya sea física o mentalmente, es cuando somos conscientes de lo que verdaderamente nos importa, y de a quién realmente le importamos. Y es gracias a esta nueva visión cuando descubrimos, o re-descubrimos, que nuestra vida es mucho más importante, para nosotros y para quien nos quiere que el decorado que nos rodea a diario. Y que nuestro particular núcleo, familia y amigos, es, a semejanza de la anamorfosis del cuadro de Holbein, nuestra verdad. Y quizás, pero sólo quizás, lleguemos a darnos cuenta algún día de que lo que realmente somos, o lo que queremos ser, lo es por y para ese núcleo. Y que somos auténticamente nosotros mismos cuando podemos compartir y disfrutar con ellos, cuando nos basta su compañía para cambiar por completo nuestra perspectiva, para pasar de lo ilusorio a lo verdadero. Desgraciadamente, muchos no siempre lo logramos tanto como nos gustaría y sólo nos damos cuenta de que lo necesitamos cuando hemos vuelto a contemplar la realidad desde la perspectiva equivocada, desde lo ilusorio, desde el frente del cuadro de Holbein, con sus miserias y mediocridades. Y es el ser consciente de esto lo que nos impulsa a seguir luchando, por volver a ver nuestro núcleo, por disfrutar de nuevo de nuestra verdad.

Lo verdadero es siempre sencillo, pero solemos llegar a ello por el camino más complicado.

George Sand, escritora francesa (1804-1876)

Manual del Perfecto Mediocre

mediocre (1)
  
mediocre2

Cada vez con mayor fuerza somos conscientes de que España se está convirtiendo en un país de mediocres. Sea por la idiosincrasia propia del español o por la ineptitud de sus actuales gobernantes, grandes mediocres también, lo cierto es que, cada vez con mayor frecuencia, nos enfrentamos a esta particular casta y sus consecuencias. Desgraciadamente, la mediocridad no entiende de organizaciones ni de contratos. Pueden encontrarse mediocres en cualquier trabajo, tanto en la función pública como en la empresa privada, tanto con contrato o plaza en propiedad como con empleo eventual y transitorio. El mediocre no siempre nace, también se hace. Cualquiera, con el suficiente esfuerzo y dedicación puede llegar a ser un auténtico mediocre.

Por supuesto que toda generalización es falaz por definición, pero sin duda que un verdadero mediocre debe reunir varias de estas características:

  • Aunque en cualquier organización existen mediocres en la sombra, que tan solo tienen interés en sobrevivir y muestran un perfil bajo que no los comprometa demasiado, el objetivo del perfecto mediocre es siempre medrar, sin miedo y sin límite… y para ello hará todo lo que sea necesario.
  • El verdadero mediocre siempre se postra ante sus superiores con independencia de lo arbitrarias o no de sus actuaciones. El superior, cuanto mas inmediato sea, más en posesión de la verdad está. Y cuanto mayor sea el grado de mediocridad del superior, mas devoción le tendrá el aspirante. Al fin y a la postre, tiene tanto aprender…
  • El buen mediocre mantiene su base de conocimientos estancada. Si no se le paga por ser más inteligente y mejor formado de lo que estaba el año pasado, ¿por qué molestarse en aprender? Si nadie les da ningún crédito adicional por trabajar por encima del mínimo, ¿por qué preocuparse?
  • El mediocre compensa su estancamiento profesional con una extraordinaria habilidad para apropiarse del trabajo ajeno en su propio beneficio y, por supuesto, sin el menor remordimiento. Más aún, el mediocre estará siempre convencido de que todo el mérito es suyo y no reconocerá jamás haberse aprovechado del esfuerzo de otros. Al fin y al cabo, ¿quiénes son los demás para cuestionarle?
  • Un mediocre no conoce amigos, sólo intereses particulares en cada momento, y le sorprende que alguien se rija por otro código diferente. Para el mediocre, las actuaciones y comportamientos de los demás son acertadas o erróneas en función de su propio interés. El mediocre casi nunca agradece. No ve motivo real para ello.
  • El mediocre carece por completo de capacidad autocrítica. Si algo sale mal, el responsable siempre será el estamento superior. Y si es dentro de la función pública, ¡siempre la Administración! Por supuesto, un mediocre jamás reconocerá hacer algo mal pero, lo que es peor, muchas veces ni siquiera será consciente de ello.

Pero donde el verdadero mediocre se muestra en su máximo esplendor dentro de su organización es cuando alcanza un status superior, cuando es, por fin, Jefe. Es aquí y ahora cuando las características del mediocre más resaltan, materializándose el Principio de Peter según el cual “en una jerarquía, todo empleado tiende a ascender hasta su máximo nivel de incompetencia: la nata sube hasta cortarse”. Y que además de este axioma, establece otros dos: “con el tiempo, todo puesto tiende a ser ocupado por un empleado que es incompetente para desempeñar sus funciones” y “el trabajo es realizado por aquellos empleados que no han alcanzado todavía su nivel de incompetencia”.

  • El perfecto Jefe mediocre se caracteriza por estar absoluta e íntimamente convencido de su enorme valía. Si es Jefe es porque lo vale, porque está a una distancia sideral de los demás, porque sus incontables méritos le avalan. Es Jefe por designio cuasi-divino, y todos sus subordinados deben, no sólo asumirlo, sino también reconocer este hecho y mostrarse alborozados por ello. El mediocre es el perfecto émulo del Rey Sol: su organización es él. ¡Vamos, que solo le faltaría acuñar su propia moneda!
  • El Jefe mediocre es especialmente hábil en detectar las potencialidades de sus subordinados. Y tan marcada es esta capacidad que reconoce de inmediato cuál de ellos puede, en un momento dado, hacerle sombra e impedir su desarrollo. El Jefe mediocre está por ello siempre dispuesto a bloquear cualquier iniciativa que, aunque pudiera ser también beneficiosa para él mismo o su organización, pueda suponer un reconocimiento para cualquiera de sus subordinados. No lo verá jamás como una perdida, sino más bien como una inversión destinada a garantizar su propia supervivencia futura. Por este motivo, el Jefe mediocre procura rodearse de subordinados dóciles y manejables, y descarta, en cuanto puede, a todos aquellos que, aún pudiendo representar un activo que prestigie su organización, no reconozcan su superioridad y puedan incluso, ¡tremenda osadía!, cuestionarle en su mediocridad.
  • El auténtico Jefe mediocre intentará siempre mantener un sistema de castas y privilegios dentro de su organización. Total, para que haya superiores deben existir los inferiores. Esto ha sido así siempre, y así debe seguir siendo. Es el sistema rígido de castas de donde emana su poder, ¡y abolirlas supondría la horrísona posibilidad de que pudiera ser desplazado por un no-mediocre!
  • Si el mediocre se caracteriza por su aprovechamiento en beneficio propio del esfuerzo de los demás compañeros, en el Jefe mediocre esto se convierte en leit-motiv de su existencia. Atribuirse sin rubor méritos ajenos no es un problema para estos jefes. Ellos siempre estarán convencidos de que estos méritos se han obtenido gracias a su benéfico influjo y guía, y que, por lo tanto, le pertenecen.

Corolario: “A un hombrecillo, dale un carguillo”

“Seuls les médiocres sont toujours à leur meilleur”
Jean Giraudoux
Novelista, dramaturgo y diplomático francés (1882 – 1944)

El Informe Abril Revisitado: Profesionalización, Meritocracia y Laboralización

El Informe Abril Revisitado: Profesionalización, Meritocracia y Laboralización.

Más sobre el ánimo de lucro en la Sanidad Pública: Interpretaciones varias de un concepto abstracto

Minientrada

Más sobre el ánimo de lucro en la Sanidad Pública: Interpretaciones varias de un concepto abstracto.